Bienvenido a mi día a día y a mi escondite. Aquí encontrarás historias, reflexiones y un poco de todo lo demás, salpicado con motas de alegría y supervivencia.

lunes, 28 de octubre de 2013

No importa

     Y eso es todo. No hay más, no ha valido para nada. Llegas, lo haces lo mejor que puedes, entregas y te vas. Ya no puedes cambiar nada. Esos sesenta minutos de nervios extremos y escritura inteligible tienen que describirte. Representan lo que sabes, cómo estudias, si eres responsable o te pasas todo el día sin hacer nada. Cualquier mínimo despiste, causado por los nervios, por el desconcierto, porque no consigues concentrarte con los gritos del patio, porque estás pensando en él, porque en tu cabeza no paran de sonar tus canciones favoritas; cualquier error te define como una vaga, relativamente estúpida, incapaz de seguir las instrucciones del ejercicio. Y como no puedes hacer nada más, quedas como una tonta, impotente y ansiosa por demostrar que en verdad vales algo más que una nota.
    ¿A quién le importa lo que digas? Tienen sus papeles, con el margen que te han pedido que dejes para las correcciones, los bocetos con los colores necesarios e incontables fallos que van a bajar tu nota a la velocidad de la luz. Pero qué más da lo que digas, que lleves una semana sin dormir por el examen, que hayas estudiado como nunca y que no puedas estarte quieta de los nervios. Se supone que te tienes que quedar sentada, como siempre, hincando los codos un poco más, para luego tirar todo tu esfuerzo a la basura porque te has equivocado en una tontería. ¡Ah! Se siente. 
    Luego volverás a casa, sintiéndonte imbécil, porque de tanto repetirlo has acabado creyéndote tu propia estupidez. Ni siquiera tienes tiempo para llorar un rato porque tienes que prepara las clases del día siguiente y el próximo examen. Ese curso que empezaste con tanta ilusión, entusiasmada y segura de tus posibilidades se va desmoronando poco a poco sin que puedas hacer nada. Tampoco rebelarte ¿contra qué? En el fondo, sabes que necesitas estudiar y que es bueno para ti y para tu futuro. Tu futuro, tu futuro, tu Futuro. Todo se basa en una hipótesis mal formulada sobre la carrera que vas a elegir en los próximos dos años. Y cuando la acabes, ¿qué te queda? Con mucha suerte, un trabajo. Entonces todo habrá valido la pena, por supuesto, quién no quiere pasarse veinte años estudiando como una bestia, angustiado por cada mínimo detalle, para luego conseguir un empleo mal pagado en el que hay que trabajar aún más.
      No le encuentras sentido a nada y cada vez te cuesta más centrarte; necesitas hablar pero para qué vas a contarle a nadie lo que te pasa si tus amigos están igual de ansiosos que tú. Y  así todos los días, pasa una semana, dos, un mes, y sigues tragándote tus miedos y preocupaciones; ¡incluso lo que te ilusiona! Te recuerdas a ti misma a un robot, te sientes ignorada por todos, se te están juntando demasiados asuntos del colegio, de tus amigos, de él (que ha conocido a otra y te ignora por completo), de tu familia... Acabas llorando muchas noches, mas finges ser impasible y estar alegre, como si no te afectara.
     Pero en el momento en que te sientas frente al ordenador y ves las teclas brillantes listas para escribir, te sale la angustia a chorros y no puedes parar hasta que no has sacudido la última gota de indignación y tristeza que hay dentro de ti.
      Apagas, suspiras y guardas el móvil en el cajón porque no quieres ni verlo después de lo que ha pasado. Te metes en la cama pronto, por si mañana es un día mejor.


domingo, 27 de octubre de 2013

El cuadro

   No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos.
   En principio, hay que reconocer que esta famosísima expresión que repiten constantemente las madres del mundo tiene algo de verdad: muchas veces, ni siquiera somos capaces de apreciar nuestros bienes, pero cómo lloramos cuando nos quitan cualquier cosa, por ínfima que sea.
    Sin embargo, yo creo que más importante y realista que esta afirmación, es que no sabemos lo que queremos, al menos en mi caso (no se vaya a ofender nadie). Y es que, hay gente que tiene clarísimo desde muy niño a que se quiere dedicar de mayor, y son capaces de todo para conseguirlo. Tienen un objetivo compacto ante los ojos, un camino que seguir, una meta que les da seguridad y les motiva a seguir adelante. Pero luego también hay otro enorme grupo de personas que se pasan la vida buscando incentivos, buscando ese propósito que tan obvio es para los primeros.
     ¿Cómo sabemos siquiera lo que deseamos? Únicamente sabemos lo que tenemos que querer. Desde pequeños, nos han orientado a estudiar "algo con muchas salidas". Pero ¡de qué valen esas "salidas" si no se adecuan a nosotros! Tal vez quieras hacer económicas para tener un buen futuro asegurado, con una esposa guapa a tu lado y un par de hijos que tengan buenas notas en el colegio. ¿Esa es tu vocación? Al menos desde fuera parece bastante vacía, como si se la hubieras robado a otra persona. También es posible que tengas la necesidad de sentirte bien contigo mismo, de demostrarte que en el fondo has hecho algo bueno por el mundo aparte de nacer, ganar dinero y morirte dejándoselo a tu descendencia para que se acuerde de ti. Y para éstos últimos existe la fantástica opción de ayudar en un comedor social un par de días al mes, para poder presumir de ello por toda la ciudad y desprestigiar a los que de veras están interesados en ayudar a los más desfavorecidos.
    Lo mismo ocurre con muchas ONGs o incluso trabajos comunitarios: sirven de "sacacuartos" y para hacer evitar que la gente se sienta inútil. Pero cuidado, no estoy diciendo que este sea el caso de todas las organizaciones de este tipo ni de todos sus socios o voluntarios, ¡ni mucho menos! La mayoría desempeñan trabajos admirables sin esperar prácticamente nada a cambio; a mí me encantaría trabajar en un centro de apoyo o de mayores en mi ciudad.
   El problema, por supuesto, reside en como se enfoca esta ayuda. Porque muchas veces, los donantes miran con superioridad a los más pobres, sintiéndose dioses recién bajados del Olympo al ayudarlos. Y eso por supuesto, por muy noble que sea el resultado de su colaboración (que esa es otra, pues no son pocas las organizaciones de beneficencia que se han visto inmiscuidas en casos de corrupción), deja mucho que desear sobre sus verdaderos fines.
     Ahora, volviendo al tema de que no sabemos lo que queremos, parece que me ha quedado una entrada bastante moralista (demasiado, diría yo). Pero tengo que añadir que todo lo que he escrito en referencia al ámbito profesional se aplica también en bastantes casos a las relaciones personales. Tenemos una idea bastante abstracta de como sería nuestra pareja ideal y buscamos alguien que se parezca un poco a esta ilusión que nos hemos creado; pero las más de las veces esa persona lleva algunos meses allí, apoyándote y haciéndote reír de una manera tan natural que ni siquiera eres capaz de darte cuenta de que su presencia no es normal en tu vida, de que ha cambiado algo. Solo te percates cuando, tras varias discusiones incómodas, parece que se ha cansado de ti y, de un momento a otro pierdes gran parte de su cariño. Aunque claro, tienes tantas cosas que hacer que no encuentras el tiempo para contárselo a una amiga que te pueda ayudar. Tienes que tragarte lo que sientes y poner buena cara, no vaya a ser que alguien se de cuenta y desvele tu secreto.
        En definitiva y por sacar alguna conclusión de este terremoto de palabras, no tengo ni idea de qué quiero. Únicamente hay un boceto hecho a lápiz en mi cabeza, me falta decidir los colores y el lienzo para poder colgar el cuadro en el salón.



   

viernes, 25 de octubre de 2013

La Estafa (V)

    No entiendo lo que ha pasado. Hace apenas una semana, me trataba con desprecio, me ignoraba completamente. Parecía odiarme. Y a mí me daba verdadero asco.
   Pero ahora todo ha cambiado. Es viernes por la noche, estamos sentados en uno de los restaurantes más caros de la ciudad, esperando a que nos sirvan la cena. Ayer fuimos a la bolera, anteayer me invitó a un helado gigantesco en el parque y el martes dimos un largo paseo después del trabajo. Es completamente absurdo. No sé cómo reaccionar, ni siquiera sé por qué respondo a sus atenciones. Hasta que dejo de comerme la cabeza buscando argumentos para no estar allí con él y le miro a los ojos. A esos profundos ojos azules que me observan y alcanzan lo más profundo de mi ser, como si siempre me hubieran conocido.
   Y entonces me doy cuenta de algo obvio, que nació hace poco tiempo. Me estoy enamorando de él.
    Carraspea y me sirve más champán exquisito de la botella que acaban de traernos. De nuevo, me dedica una sonrisa perfecta y me acaricia la mano por encima de la mesa. Se inclina un poco y me mira fijamente, como si intentara descifrar mis pensamientos.
- Gracias- dice.
   Le miro interrogante y me responde con un ademán de mano, llamando al camarero. Este asiente discretamente con la cabeza y se marcha apresurado de la sala. Al instante, regresa con un ramo de rosas gigante que me entrega sin vacilar. Todo el restaurante nos está mirando. ¡Dios mío! Me ha regalado flores ¡esto es una cita! Sonrío abiertamente a Gabriel, que me mira expectante, y sin perder un segundo, me levanto le beso en la boca. Es un beso largo, dulce, precioso. Cuando nuestros labios se despegan, los demás comensales nos aplauden y los dos nos ponemos un poco rojos.
     Me agacho ligeramente y le susurro que nos vayamos, que ya no tengo hambre, que quiero estar con él y solo con él. Me coge de la mano y, juntos, huimos del establecimiento para acabar corriendo por la calle. Felices.
- Gracias- repite-, por esta semana mágica.
    Más allá de sus palabras, es su mirada, el brillo de sus ojos lo que más me impone. De alguna manera que no logro definir con palabras, parece atravesarme, ver lo que hay dentro de mí, ¡conocerme! Pero si no me conoce, qué estoy diciendo, apenas hace 20 días que nos presentamos.
¿Y qué? ¿No hablan las canciones de amor a primera vista? Pues ya ésta. Que le quiero.
-Te quiero- susurro, sin pensar. ¿¡Pero qué he hecho!? ¿Qué va a pensar ahora de mí? Siento como la sangra inunda mis mejillas, debo estar más roja que un tomate; hasta que, en el momento perfecto, Gabriel se acerca a mi lentamente y me besa en la boca. Interminable y a la vez instantáneo. Como nuestro amor. Como nosotros.
-Te quiero- afirma él también con decisión, sacándome de mis peores temores.
   Y entonces todo me da vueltas, solo me importa Gabriel, sus brazos fuertes que me rodean y no me dejarán caer, su boca con sabor a chocolate por la tarta que acabamos de compartir, su pelo suave y rizado. Él. Y yo. 
   Nosotros.

jueves, 10 de octubre de 2013

Fin

    Tiene calor.
    Diego se seca el sudor de la frente con una mano y sigue avanzando por la concurrida avenida de los cerezos. Ahora que se fija, todo el mundo a su alrededor va acompañado. Menos él mismo, claro. Todos van en parejas o pequeños grupos, incluso se ve una aglomeración de gente a lo largo de la calle. Probablemente sea una manifestación. Bah, como si a alguien le importaran sus estúpidas protestas. Los transeúntes parecen felices, preocupados, tristes, enfadados, emocionados, nerviosos... parecen personas reales con alegrías y problemas que solucionar. Personas que sienten, y que sufren. Pero su sufrimiento no está justificado, a diferencia que el de Diego. Sabiéndose mejor que los demás, los mira con indiferencia y una pizca de compasión. Sí, tiene que admitirlo, le dan pena; sobre todo porque sabe que él antes también era así. Era un mero envase vacío: comía, bebía, dormía, estudiaba, ¿para qué? ¿Qué ganaba con eso? Nada, rien, اللا وجود. Ahora sí que valía para algo, tenía una función, un sentido en la vida, ¡un sentido importante! Cada día se alegraba más de haber conocido a Marcos. 
     Había sido un chico corriente, como él, pero decidió entrar en la fundación junto con su novia hacia ya más de cinco años. Diego le conoció en un parque, mientras paseaba a su antiguo perro, Dufo. Qué nombre más estúpido para un perro. Dufo. ¿Cómo había podido ser tan imbécil? Gracias a Marcos ya no es así. Se alisa la camisa, palpando suavemente el complicado mecanismo que lleva debajo. Nota cada esquina, cada tubo, cada cable. Sigue el camino de los alambres poco a poco, hasta llegar a su manos derecha, donde tiene el botón. Lo acaricia con suavidad, es su mayor tesoro, su salvación.
    Y de las cien personas que estén a su alrededor cuando llegue el momento. Marcos no vendrá, ni su novia, cuyo nombre ya ni siquiera recuerda. Ahora sólo puede pensar en un nombre, el de Dios. Sabe que está orgulloso de él, de sus progresos. ¿Y qué mejor final que el de un mártir? Ninguno. Se convertirá en ídolo, en profeta, en tótem. Será adorado y respetado durante muchas generaciones, otros seguirán sus pasos, será un ejemplo para ellos.
   Tiene calor.
   Está sudando mucho, se acerca el momento. Respira estos últimos segundos de aire puro y baja las escaleras del metro apresurado. Espera nervioso, y, por fin, llega su tren. Se monta en el vagón más concurrido y espera a llegar al túnel planeado. Cierra los ojos y murmura una última oración para pulsar con suavidad el botón que lleva un año llamándole a gritos.
    Fin.


 

jueves, 26 de septiembre de 2013

Nada

    Miró por la ventana.
    Sentada cómodamente en la pequeña butaca de color granate que compró hace ya bastante tiempo en una diminuta tienda de muebles local, Francesca observaba distraída el paisaje que se divisaba al otro lado del grueso cristal. Una nube gris y compacta parecía acercarse poco a poco al edificio, desafiando al radiante sol que brillaba intensamente e iluminaba toda la ciudad, intentando transmitir a sus desgraciados habitantes una pizca de felicidad y optimismo. Al ver llegar el nubarrón, la muchacha sonrió para sí, agradecida. Ya era hora de que alguien se diera cuenta de que el maravilloso clima del que llevaba gozando el país ya varios días, era, cuanto menos, hipócrita. Al igual que la familia "feliz" que pasaba en ese momento cerca de la ventana de Francesca. Todos sonreían, incluso los padres, y comentaban lo que había ocurrido en su tediosos día. Por mucho que fingieran ser las personas más alegres del mundo, no podían engañar a una erudita como Francesca. Ella defendía hasta la muerte la teoría de que nadie es feliz. Ni feliz, ni satisfecho de sí mismo, ni tiene ganas de vivir. Y si dice serlo, no es sino un triste mentiroso, aún más amargado que sus deprimidos compatriotas.
     Francesca sacudió ligeramente la cabeza con desprecio y dirigió una vez más su vista al cielo. El gigantesco nubarrón ya casi estaba encima de su edificio y comenzaba a dejar escapar algunas gotas traviesas. De nuevo, la muchacha no pudo sino cuestionarse cómo era tanta falsedad posible. Y tanta estupidez, para el caso. Fuera a donde fuera, las calles estaban llenas de carteles con eslóganes que invitaban a la alegría, y por supuesto de familias tan contentas como la que acababa de ver. ¿Cómo va a ser alguien feliz en este mundo tan lleno de injusticias? Solo por respeto hacia los que no tienen nada deberíamos estar solemnes y serios constantemente, pensó la joven. Además, queda la pregunta de qué significa ser feliz en realidad. Para Francesca, la felicidad no era sino una idea manipulada para animar a los estúpidos a comprar, como si la satisfacción con uno mismo se pudiera pagar con algo tan sucio como el dinero. Para Francesca, la felicidad no existía.
    Ella prefería sus canciones melancólicas, sus tragedias griegas y sus problemas del día a día. No solía sonreír, pues quería destacar. Quería demostrar al mundo, sí a ese mundo falso que la rodeaba, y del que, aunque muy a su pesar,  también formaba parte, que no era igual a todos los clones que se veían por la calle, desfilando para enseñar su suerte a los demás, para intentar convencerse a sí mismos de que albergaban al menos una pizca de amor propio. Encerrada en su cuarto con la ventana como único contacto con el mundo exterior, Francesca era una verdadera rebelde.
    Al menos, eso quería ser; pero, ¿para qué salir fuera y mezclarse con la gente? ¿Con esa gente? Nunca se había atrevido a salir de la ciudad. Bastante tenía con aguantar a sus compañeros, supuestos amigos, profesores, y toda persona que se acercara mínimamente a ella. Sin embargo, quería hacer algo, algo grande. Sí, desde luego. Francesca tenía un plan, ¡un plan maestro digno de ser admirado! Y cuando lo pusiera por fin en práctica, el mundo exterior se daría cuenta de su talento y dejarían de ser felices para unirse a ella en una vida de reflexión y amargura razonada, que, por supuesto, era lo ideal.
     Entonces, toda la gente que la rodeaba podría, al menos, avistar la verdad, esa cruel y fría realidad que torturaba cada día a la humanidad. Pese a todo, Francesca conocía a personas que se decían felices, que disfrutaban de la vida tal y como llegaba (¡cómo se atrevían!), que no eran falsos felices, sino verdaderos satisfechos sin preocupaciones. Eran imbéciles. Refugiada en su cuarto, Francesca despreciaba a todos y cada uno de sus conocidos, sabiéndose superior, pero especialmente a estos últimos, ni siquiera dignos de una mirada suya. Francesca era única.
    Pero el mundo no lo veía, ni siquiera lo intuía. Eso tenía que cambiar; y el cambio estaba cerca, muy cerca. Tal vez demasiado cerca. Con un suspiro, la muchacha se levantó, se volvió a sentar haciéndose una bola en su pequeño sillón que usaba como refugio y escondite del panorama al otro lado del cristal. Pensó en su plan maestro y en cuándo lo pondría en práctica. Sutil y delicada, una lágrima cristalina se deslizó por su mejilla lentamente.
    Miró por la ventana
  

viernes, 20 de septiembre de 2013

La estafa (IV)

   Bip bip bip. Bip bip bip. Me despierto con el insoportable pitido de mi despertador. A tientas, lo apago y sigo inconscientemente la misma rutina de siempre. Vestirse, hacer la cama, desayunar, baño, zapatos, abrir los ojos... Poco a poco logro recordar los eventos del día anterior. ¡Madre mía! De nuevo, las comisuras de mis labios se tuercen ligeramente hacia arriba y un arrebato de motivación y ganas de trabajar me recorre de arriba a abajo. Tras acabar lo que ya prácticamente se ha convertido en un ritual, me levanto de un salto con los stilettos abrochados (Dios sabe cómo, pero consigo no caerme) y me precipito hacia la puerta de entrada, que cierro con un portazo mientras espero impaciente el ascensor. 
     El camino a la oficina se me hace muy largo, aunque prácticamente voy trotando por las clles. Cuando por fin llego, le dedico una entusiasta sonrisa a la secretaria y aguardo (en lo que pasará a la historia como la sala de los sillones) la aparición de Gabriel hecha un manojo de nervios. Diez minutos después, el joven entra por la puerta y, sin siquiera mirarme marcha con paso decidido hacia el despacho que nos han asignado. Esto  si que no pueden ser imaginaciones mías, me ignora completamente. Con la cabeza baja, pues casi toda mi fogosidad se esfumado al ver su desprecio, avanzo hacia la habitación de la izquierda y, con un breve asentimiento de cabeza, me siento enfrente de Gabriel, totalmente perpleja.
   Mi compañero ya ha sacado algunos códices de la estantería de madera que ocupa toda la pared derecha y está ojeándolos con aspecto de concentración.
-Ejem...-carraspeo para hacerme notar.
Me lanza una mirada hostil y, tras vacilar unos segundos, se digna a reconocer mi presencia:
- Ve anotando lo básico del caso- dice, enfatizando la palabra "básico", como si yo no diera para más.
   Abro mucho los ojos y frunzo el ceño. ¿Pero quién se ha creído que es para mandarme? Está bien, puede que en un principio me pareciera encantador y guapísimo, pero es obvio que me equivoqué. Ahora que le veo cara a cara, no es más que un niño pijo con aspiraciones a abogado y demasiado buen concepto de sí mismo.
- Eso ya lo he hecho. Hoy tenía pensado revisar las cuentas de Jaime Alberola para buscar alguna irregularidad.
    La seguridad y el aplomo con el que respondo me sorprenden incluso a mí misma y no puedo sino sentirme orgullosa, por enésima vez en dos días, de la nueva Miranda, divertida y confiada profesional, algo desafortunada en el ámbito amoroso y con una larga lista de imbéciles engreídos en su historial.
 -¡No!-casi grita Gabriel, desconcertándome aún más, si cabe- Ya lo hago yo. Tú comprueba... los movimientos de Claire Charron.
    Esta vez soy yo la que le atraviesa con la mirada; pero, para evitar conflictos, le obedezco.
Compraventa de acciones, inversiones en bancos amigos, coches oficiales... parece que nuestra cliente se ha portado bien durante los últimos años. Aburrida, busco la carpeta con la información sobre el empresario, pero está en manos del francés, que la lee como un poseso. Noto como de vez en cuando me mira sospechosamente, pero no consigo pillarle haciéndolo. Cuando por fin suelta el dichoso portafolios tengo oportunidad de ojearlo. Más que otra cosa, me llama la atención la escasez de papeles y no puedo sino preguntarme si Gabriel tendrá algo que ver.
   Qué tontería. Por muy desagradable y egocéntrico que sea, dudo mucho que haya destruído pruebas contra el acusado. Qué tontería.
   Sin más vacilación, me sumerjo de nuevo en el duro trabajo de investigar los encuentros entre los dos gigantes, Charron y Alberola, Jaime y Claire. Tras cuatro tediosos días de soporíferas tareas inútiles, el señor Diéguez nos llama a su despacho con el pretexto de haber surgido un problema en nuestro caso.


- Disculpen las molestias, señores míos- se encoge de hombros, acariciándose la barba blanca- Ayer noche mantuve una videoconferencia por skype, ¡o cómo se llame ese cacharro con cámara! con su cliente. Por alguna razón que no ha querido desvelarme, la señora Charron me ha pedido expresamente que le aparte del Caso, señor Perrin. No se preocupe, trabajará usted de ahora en adelante con Jorge Rodríguez, un veterano abogado nuestro, ¡el mejor que tenemos! Lleva los divorcios, acuerdos matrimoniales, custodias... abogacía familiar, vaya. Usted, señorita Herrero, se dedicará en exclusiva al caso Crema, de ahora en adelante sola. Si necesita ayuda puedo remitirle a Ignacio Rota, fiscal experto en fraudes, un buen amigo mío. ¿Alguna pregunta?

La estafa (III)

    Definitivamente, hoy está siendo uno de los mejores días de mi vida. ¡No sólo he conocido al hombre de mis sueños, sino que además voy a trabajar con él! Por mi mente pasan imágenes románticas de comedias americanas sobre parejas que comparten vida las veinticuatro horas del día y acaban enamorándose. Espero que a nosotros nos pase lo mismo.
    Nos imagino tirados en mi sofá, revisando el caso; cenando en un restaurante refinado para concretar los detalles antes del juicio o simplemente en la mesa de su cocina (que en mi cabeza está perfectamente decorada y parece sacada de un catálogo de Ikea), engullendo Nutella o cualquier otra variante de chocolate. A mi alrededor retumba la melodía de "Love is in the air", el tesoro de los Beatles y muevo los dedos de los pies para marcar el ritmo.
    Pero de repente un brusco empujón me arranca de mis fantasías. Desconcertada, me giro y recibo una indiferente mirada de Gabriel, casi llena de desprecio. ¡Pero si hace un momento era un encanto! Nah, será una impresión mía. Como buena profesional que soy, le dirijo una sonrisa que invita a trabajar conmigo, con la brillante abogada Herrero. Pero esta vez estoy segura de recibir una hostil ojeada de mi compañero, que ni siquiera sonríe. ¿Se puede saber qué le pasa? Tal vez si intento sacar algún tema de conversación que le interese vuelve a ser adorable...
- Mmmm, ¿qué te parece el caso?
-Fácil.
Vaya, qué respuesta más expresiva.
-¿Sabías algo sobre Charron y Alberola antes? Yo había escuchado un poco en las noticias.
Puede que me lo esté imaginando, pero me parece que un ínfimo destello de miedo recorre sus ojos antes de responder, algo nervioso:
-Algo, no mucho.
-Ya- murmullo, vacilante.
    Sin venir a cuento, Gabriel agarra su cartera con las dos manos, como si temiera que se la quitase alguien, y con una breve inclinación de cabeza a modo de despido sale disparado por la puerta del piso. Me quedo perpleja en el recibidor, intentando encontrar una explicación a su desconcertante comportamiento. ¡No tiene sentido! ¿Cómo puede cambiar tanto? Antes de entrar al despacho no paraba de hablar y ahora apenas me dirige la palabra. Bueno, tampoco es que hayamos tenido oportunidad de charlar detenidamente, tendría prisa. Sí, seguramente debía marcharse rápidamente por una cita con el médico, o para recoger a su madre de... de dónde sea que esté su madre. No hay por qué preocuparse.
   Farfullo un cortante adiós y bajo trotando las escaleras. Ahora que lo pienso, ¡me han dado el trabajo! Por culpa de Gabriel (o tal vez gracias a él) ni siquiera me había percatado de mi hazaña. ¡Tengo trabajo! ¡Y un sueldo genial! Me siento tremendamente afortunada y por un momento solo pienso en gritar suerte a los cuatro vientos, así que me apresuro en llegar a casa y llamar a mi madre; pero tras el cuarto intento fallido decido salir un rato al parque más cercano a mi edificio para respirar aire fresco. Me pongo unos vaqueros gastados y una camiseta desteñida y corro fuera de casa. El viento me azota la cara, parece intentar advertirme algo, aunque nada puede sacarme del éxtasis en el que me encuentro: una parte de mí estaba convencida de que no iba a conseguir el trabajo, tal y como pasó en los seis últimos intentos. Nada más ver esa manchita, o más bien manchurrón, en mi historial, el entrevistador arqueaba las cejas y me despedían con el terrible "Ya te llamaremos" que nunca se cumple.
   Sin embargo, esta vez ha sido diferente, esta vez me han aceptado, ¡sin el más mínimo esfuerzo! Sonrío abiertamente a dos perros que juegan despreocupadamente, moviendo el rabo con alegría. La imagen, aunque ridícula, es cómica, y suelto una ligera carcajada desde el banco donde me he asentado. De repente me doy cuenta de que, pese a que no son más de las siete, estoy agotada y apenas puedo con mi cuerpo. Conteniendo un bostezo, me levanto estirándome y recorro el parque de vuelta a mi piso, aún sonriendo como una tonta ante mi suerte.
   Nada más llegar a casa, engullo rápidamente un taco precocinado y me acuesto sin quitarme la ropa. Sólo me da tiempo a cerciorarme de que la alarma está conectada y... caigo en un sueño profundo.