Bienvenido a mi día a día y a mi escondite. Aquí encontrarás historias, reflexiones y un poco de todo lo demás, salpicado con motas de alegría y supervivencia.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Nada

    Miró por la ventana.
    Sentada cómodamente en la pequeña butaca de color granate que compró hace ya bastante tiempo en una diminuta tienda de muebles local, Francesca observaba distraída el paisaje que se divisaba al otro lado del grueso cristal. Una nube gris y compacta parecía acercarse poco a poco al edificio, desafiando al radiante sol que brillaba intensamente e iluminaba toda la ciudad, intentando transmitir a sus desgraciados habitantes una pizca de felicidad y optimismo. Al ver llegar el nubarrón, la muchacha sonrió para sí, agradecida. Ya era hora de que alguien se diera cuenta de que el maravilloso clima del que llevaba gozando el país ya varios días, era, cuanto menos, hipócrita. Al igual que la familia "feliz" que pasaba en ese momento cerca de la ventana de Francesca. Todos sonreían, incluso los padres, y comentaban lo que había ocurrido en su tediosos día. Por mucho que fingieran ser las personas más alegres del mundo, no podían engañar a una erudita como Francesca. Ella defendía hasta la muerte la teoría de que nadie es feliz. Ni feliz, ni satisfecho de sí mismo, ni tiene ganas de vivir. Y si dice serlo, no es sino un triste mentiroso, aún más amargado que sus deprimidos compatriotas.
     Francesca sacudió ligeramente la cabeza con desprecio y dirigió una vez más su vista al cielo. El gigantesco nubarrón ya casi estaba encima de su edificio y comenzaba a dejar escapar algunas gotas traviesas. De nuevo, la muchacha no pudo sino cuestionarse cómo era tanta falsedad posible. Y tanta estupidez, para el caso. Fuera a donde fuera, las calles estaban llenas de carteles con eslóganes que invitaban a la alegría, y por supuesto de familias tan contentas como la que acababa de ver. ¿Cómo va a ser alguien feliz en este mundo tan lleno de injusticias? Solo por respeto hacia los que no tienen nada deberíamos estar solemnes y serios constantemente, pensó la joven. Además, queda la pregunta de qué significa ser feliz en realidad. Para Francesca, la felicidad no era sino una idea manipulada para animar a los estúpidos a comprar, como si la satisfacción con uno mismo se pudiera pagar con algo tan sucio como el dinero. Para Francesca, la felicidad no existía.
    Ella prefería sus canciones melancólicas, sus tragedias griegas y sus problemas del día a día. No solía sonreír, pues quería destacar. Quería demostrar al mundo, sí a ese mundo falso que la rodeaba, y del que, aunque muy a su pesar,  también formaba parte, que no era igual a todos los clones que se veían por la calle, desfilando para enseñar su suerte a los demás, para intentar convencerse a sí mismos de que albergaban al menos una pizca de amor propio. Encerrada en su cuarto con la ventana como único contacto con el mundo exterior, Francesca era una verdadera rebelde.
    Al menos, eso quería ser; pero, ¿para qué salir fuera y mezclarse con la gente? ¿Con esa gente? Nunca se había atrevido a salir de la ciudad. Bastante tenía con aguantar a sus compañeros, supuestos amigos, profesores, y toda persona que se acercara mínimamente a ella. Sin embargo, quería hacer algo, algo grande. Sí, desde luego. Francesca tenía un plan, ¡un plan maestro digno de ser admirado! Y cuando lo pusiera por fin en práctica, el mundo exterior se daría cuenta de su talento y dejarían de ser felices para unirse a ella en una vida de reflexión y amargura razonada, que, por supuesto, era lo ideal.
     Entonces, toda la gente que la rodeaba podría, al menos, avistar la verdad, esa cruel y fría realidad que torturaba cada día a la humanidad. Pese a todo, Francesca conocía a personas que se decían felices, que disfrutaban de la vida tal y como llegaba (¡cómo se atrevían!), que no eran falsos felices, sino verdaderos satisfechos sin preocupaciones. Eran imbéciles. Refugiada en su cuarto, Francesca despreciaba a todos y cada uno de sus conocidos, sabiéndose superior, pero especialmente a estos últimos, ni siquiera dignos de una mirada suya. Francesca era única.
    Pero el mundo no lo veía, ni siquiera lo intuía. Eso tenía que cambiar; y el cambio estaba cerca, muy cerca. Tal vez demasiado cerca. Con un suspiro, la muchacha se levantó, se volvió a sentar haciéndose una bola en su pequeño sillón que usaba como refugio y escondite del panorama al otro lado del cristal. Pensó en su plan maestro y en cuándo lo pondría en práctica. Sutil y delicada, una lágrima cristalina se deslizó por su mejilla lentamente.
    Miró por la ventana
  

viernes, 20 de septiembre de 2013

La estafa (IV)

   Bip bip bip. Bip bip bip. Me despierto con el insoportable pitido de mi despertador. A tientas, lo apago y sigo inconscientemente la misma rutina de siempre. Vestirse, hacer la cama, desayunar, baño, zapatos, abrir los ojos... Poco a poco logro recordar los eventos del día anterior. ¡Madre mía! De nuevo, las comisuras de mis labios se tuercen ligeramente hacia arriba y un arrebato de motivación y ganas de trabajar me recorre de arriba a abajo. Tras acabar lo que ya prácticamente se ha convertido en un ritual, me levanto de un salto con los stilettos abrochados (Dios sabe cómo, pero consigo no caerme) y me precipito hacia la puerta de entrada, que cierro con un portazo mientras espero impaciente el ascensor. 
     El camino a la oficina se me hace muy largo, aunque prácticamente voy trotando por las clles. Cuando por fin llego, le dedico una entusiasta sonrisa a la secretaria y aguardo (en lo que pasará a la historia como la sala de los sillones) la aparición de Gabriel hecha un manojo de nervios. Diez minutos después, el joven entra por la puerta y, sin siquiera mirarme marcha con paso decidido hacia el despacho que nos han asignado. Esto  si que no pueden ser imaginaciones mías, me ignora completamente. Con la cabeza baja, pues casi toda mi fogosidad se esfumado al ver su desprecio, avanzo hacia la habitación de la izquierda y, con un breve asentimiento de cabeza, me siento enfrente de Gabriel, totalmente perpleja.
   Mi compañero ya ha sacado algunos códices de la estantería de madera que ocupa toda la pared derecha y está ojeándolos con aspecto de concentración.
-Ejem...-carraspeo para hacerme notar.
Me lanza una mirada hostil y, tras vacilar unos segundos, se digna a reconocer mi presencia:
- Ve anotando lo básico del caso- dice, enfatizando la palabra "básico", como si yo no diera para más.
   Abro mucho los ojos y frunzo el ceño. ¿Pero quién se ha creído que es para mandarme? Está bien, puede que en un principio me pareciera encantador y guapísimo, pero es obvio que me equivoqué. Ahora que le veo cara a cara, no es más que un niño pijo con aspiraciones a abogado y demasiado buen concepto de sí mismo.
- Eso ya lo he hecho. Hoy tenía pensado revisar las cuentas de Jaime Alberola para buscar alguna irregularidad.
    La seguridad y el aplomo con el que respondo me sorprenden incluso a mí misma y no puedo sino sentirme orgullosa, por enésima vez en dos días, de la nueva Miranda, divertida y confiada profesional, algo desafortunada en el ámbito amoroso y con una larga lista de imbéciles engreídos en su historial.
 -¡No!-casi grita Gabriel, desconcertándome aún más, si cabe- Ya lo hago yo. Tú comprueba... los movimientos de Claire Charron.
    Esta vez soy yo la que le atraviesa con la mirada; pero, para evitar conflictos, le obedezco.
Compraventa de acciones, inversiones en bancos amigos, coches oficiales... parece que nuestra cliente se ha portado bien durante los últimos años. Aburrida, busco la carpeta con la información sobre el empresario, pero está en manos del francés, que la lee como un poseso. Noto como de vez en cuando me mira sospechosamente, pero no consigo pillarle haciéndolo. Cuando por fin suelta el dichoso portafolios tengo oportunidad de ojearlo. Más que otra cosa, me llama la atención la escasez de papeles y no puedo sino preguntarme si Gabriel tendrá algo que ver.
   Qué tontería. Por muy desagradable y egocéntrico que sea, dudo mucho que haya destruído pruebas contra el acusado. Qué tontería.
   Sin más vacilación, me sumerjo de nuevo en el duro trabajo de investigar los encuentros entre los dos gigantes, Charron y Alberola, Jaime y Claire. Tras cuatro tediosos días de soporíferas tareas inútiles, el señor Diéguez nos llama a su despacho con el pretexto de haber surgido un problema en nuestro caso.


- Disculpen las molestias, señores míos- se encoge de hombros, acariciándose la barba blanca- Ayer noche mantuve una videoconferencia por skype, ¡o cómo se llame ese cacharro con cámara! con su cliente. Por alguna razón que no ha querido desvelarme, la señora Charron me ha pedido expresamente que le aparte del Caso, señor Perrin. No se preocupe, trabajará usted de ahora en adelante con Jorge Rodríguez, un veterano abogado nuestro, ¡el mejor que tenemos! Lleva los divorcios, acuerdos matrimoniales, custodias... abogacía familiar, vaya. Usted, señorita Herrero, se dedicará en exclusiva al caso Crema, de ahora en adelante sola. Si necesita ayuda puedo remitirle a Ignacio Rota, fiscal experto en fraudes, un buen amigo mío. ¿Alguna pregunta?

La estafa (III)

    Definitivamente, hoy está siendo uno de los mejores días de mi vida. ¡No sólo he conocido al hombre de mis sueños, sino que además voy a trabajar con él! Por mi mente pasan imágenes románticas de comedias americanas sobre parejas que comparten vida las veinticuatro horas del día y acaban enamorándose. Espero que a nosotros nos pase lo mismo.
    Nos imagino tirados en mi sofá, revisando el caso; cenando en un restaurante refinado para concretar los detalles antes del juicio o simplemente en la mesa de su cocina (que en mi cabeza está perfectamente decorada y parece sacada de un catálogo de Ikea), engullendo Nutella o cualquier otra variante de chocolate. A mi alrededor retumba la melodía de "Love is in the air", el tesoro de los Beatles y muevo los dedos de los pies para marcar el ritmo.
    Pero de repente un brusco empujón me arranca de mis fantasías. Desconcertada, me giro y recibo una indiferente mirada de Gabriel, casi llena de desprecio. ¡Pero si hace un momento era un encanto! Nah, será una impresión mía. Como buena profesional que soy, le dirijo una sonrisa que invita a trabajar conmigo, con la brillante abogada Herrero. Pero esta vez estoy segura de recibir una hostil ojeada de mi compañero, que ni siquiera sonríe. ¿Se puede saber qué le pasa? Tal vez si intento sacar algún tema de conversación que le interese vuelve a ser adorable...
- Mmmm, ¿qué te parece el caso?
-Fácil.
Vaya, qué respuesta más expresiva.
-¿Sabías algo sobre Charron y Alberola antes? Yo había escuchado un poco en las noticias.
Puede que me lo esté imaginando, pero me parece que un ínfimo destello de miedo recorre sus ojos antes de responder, algo nervioso:
-Algo, no mucho.
-Ya- murmullo, vacilante.
    Sin venir a cuento, Gabriel agarra su cartera con las dos manos, como si temiera que se la quitase alguien, y con una breve inclinación de cabeza a modo de despido sale disparado por la puerta del piso. Me quedo perpleja en el recibidor, intentando encontrar una explicación a su desconcertante comportamiento. ¡No tiene sentido! ¿Cómo puede cambiar tanto? Antes de entrar al despacho no paraba de hablar y ahora apenas me dirige la palabra. Bueno, tampoco es que hayamos tenido oportunidad de charlar detenidamente, tendría prisa. Sí, seguramente debía marcharse rápidamente por una cita con el médico, o para recoger a su madre de... de dónde sea que esté su madre. No hay por qué preocuparse.
   Farfullo un cortante adiós y bajo trotando las escaleras. Ahora que lo pienso, ¡me han dado el trabajo! Por culpa de Gabriel (o tal vez gracias a él) ni siquiera me había percatado de mi hazaña. ¡Tengo trabajo! ¡Y un sueldo genial! Me siento tremendamente afortunada y por un momento solo pienso en gritar suerte a los cuatro vientos, así que me apresuro en llegar a casa y llamar a mi madre; pero tras el cuarto intento fallido decido salir un rato al parque más cercano a mi edificio para respirar aire fresco. Me pongo unos vaqueros gastados y una camiseta desteñida y corro fuera de casa. El viento me azota la cara, parece intentar advertirme algo, aunque nada puede sacarme del éxtasis en el que me encuentro: una parte de mí estaba convencida de que no iba a conseguir el trabajo, tal y como pasó en los seis últimos intentos. Nada más ver esa manchita, o más bien manchurrón, en mi historial, el entrevistador arqueaba las cejas y me despedían con el terrible "Ya te llamaremos" que nunca se cumple.
   Sin embargo, esta vez ha sido diferente, esta vez me han aceptado, ¡sin el más mínimo esfuerzo! Sonrío abiertamente a dos perros que juegan despreocupadamente, moviendo el rabo con alegría. La imagen, aunque ridícula, es cómica, y suelto una ligera carcajada desde el banco donde me he asentado. De repente me doy cuenta de que, pese a que no son más de las siete, estoy agotada y apenas puedo con mi cuerpo. Conteniendo un bostezo, me levanto estirándome y recorro el parque de vuelta a mi piso, aún sonriendo como una tonta ante mi suerte.
   Nada más llegar a casa, engullo rápidamente un taco precocinado y me acuesto sin quitarme la ropa. Sólo me da tiempo a cerciorarme de que la alarma está conectada y... caigo en un sueño profundo.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Tormenta de Septiembre

    Después de un caluroso verano lleno de diversión, viajes y sin una pizca de trabajo extra, cuesta dejar los recuerdos estivales de lado y comenzar el curso con ganas. Si además hace sol y el clima invita a bañarse en cualquier piscina, retomar los hábitos perdidos es aún más duro.
   Pero por muy difícil que sea concentrarse y ponerse de nuevo las pilas, es lo que toca. Y si hay algo que ayude a acostumbrarse al viejo ritmo, son las tormentas. Por supuesto, a  una amante del sol y del calor como yo no le hace mucha gracia despedirse de la temperatura playera, pero reconozco que la lluvia de Septiembre me enamora. No dura mucho, es intensa y en cuanto acaba vuelve a salir el sol como si nu hubiera pasado nada. Las tormentas hacen que tenga ganas de correr a mi casa a cobijarme bajo las mantas con un buen libro, el reproductor de música o mi portátil para escribir. 
    Son completamente diferentes a los diluvios de Marzo, que te dejan calado y de los cuales nadie tarda en cansarse; los chubascos de Septiembre parecen gritar "¡Atención, ya está llegando el otoño!" ¿Y a quién no le gusta el otoño? No hace demasiado frío, los árboles se vuelven coloridos y las calles huelen a chocolate caliente.
    En estas fechas, no hay nada como sentarse cerca de una ventana con una amiga mientras cae el chaparrón; riendo, comiendo lo primero que se encuentre y haciendo tonterías para luego escribir sobre ello. Sobre una mágica tormenta de Septiembre.


martes, 10 de septiembre de 2013

YOLO

   ¿Qué significa conformarse? ¿Qué tiene de malo? ¿Y de bueno?
    En nuestra sociedad parece haber un gran desprecio hacia la "corriente conformista". Como ya comentaba en la entrada "La vida es bella", prácticamente estamos diseñados para querer tenerlo todo sin mover un dedo (o moviéndolo, depende de la persona). Por naturaleza no apreciamos lo que tenemos, ni nos conformamos con ello, y muchísimo menos con lo material. ¿Pero qué pasa con lo que no es material? La familia, los amigos, el colegio o el trabajo... tampoco los valoramos como deberíamos y eso nos hace ser más infelices de lo que sería razonable.
   Por supuesto, tenemos incontables motivos para estar (ligeramente) decepcionados: una mala nota, un discusión con tu mejor amigo, aguantar más de una semana sin que tu madre te dirija la palabra... pero afortunadamente la mayoría de ellos tienen solución, y el número de razones para estar satisfecho es infinitamente mayor.
   Siempre hay que aspirara a más, por supuesto, ¡un nueve es mejor que un diez!, pero lo que no debemos hacer es obsesionarnos con lo que queremos conseguir, sino disfrutar de lo que ya tenemos mientras trabajamos para mejorarlo.
  En conclusión (muchas veces me he preguntado como algo tan horriblemente hipster puede ser tan condenadamente cierto):


La estafa (II)

    Madre mía.  Es incluso más guapo de lo que había pensado en un primer momento. Tiene el pelo muy oscuro y ensortijado, los ojos de un verde intenso, la nariz afilada y los labios perfectos. Parece el David de Miguel Ángel, además es altísimo. ¿Qué hace aquí? Supongo que también vendrá por la entrevista, pero ¿por qué querría alguien así trabajar como abogado del estado? Por lo que me han contado, no hay cosa más aburrida en el mundo, pero en fin, el resto de los mortales estamos condenados al aburrimiento. Sin embargo él podría ser actor o modelo, no tendría por qué vivir una vida tediosa rodeado de papeles, cuentas e información sobre el gobierno. Tal vez también sea un cerebrito de estos que se saben la constitución de la A a la Z y tiene un talento natural para el derecho y los juicios. Quién sabe. De cualquier manera, seguro que es un creído prepotente que ni siquiera se digna a hablar conmigo. Bah, que haga lo que quiera. Tampoco es tan impresionante, y muy probablemente sea un borde monumental.
   De repente, se sienta a mi lado y se quita la chaqueta del traje, dejando entrever unos bíceps dignos de admiración. En la muñeca izquierda luce un reloj de plata impoluto, idéntico a uno de los Rólex de la lujosa tienda en la que me paré antes. Se estira en el sofá de la oficina como si fuera lo más natural del mundo y me dedica una sonrisa enternecedora.
- Eres Miranda, ¿no? ¿Estás aquí por la vacante que ha salido?- asiento con la cabeza, tímida- Yo también, no sabes lo que me ha costado llegar aquí, ¡me he perdido cuatro veces! Esta ciudad es muy liosa, la verdad, nada que ver con París, es mucho más simple y todo es fácil de encontrar. Pero qué se le va a hacer, ahora estoy aquí, intentando conseguir un puesto de abogado al lado de una belleza española. Tampoco me voy a quejar.
    ¿Perdón? El hombre más guapo (y hablador) que he visto en toda mi vida me acaba de lanzar un piropo? ¿A mí? ¿A un saco de patatas sin solución que no es capaz de maquillarse sola ni andar más de dos metros con tacones?
    Me recuerdo a mí misma que ahora soy la nueva Miranda, y es natural para la nueva Miranda recibir adulaciones de Mister Increíble. Cada vez me gusta más ser la nueva Miranda.
    Sonrío sin dificultad y decido ser encantadora:
- ¿París? Vaya, me encanta esa ciudad, solía ir mucho cuando era más joven. Paseaba por el Sena, visité Notredame y, cómo no, el Louvre, ¡qué museo más interesante!- Como si hubiera pisado París en mi vida. Por suerte, mi amiga Carla nació allí y me ha contado miles de historias sobre la "Ciudad del Amor". Si todos los franceses son tan agraciados como mi nuevo amigo Gabriel, ya sé a que le debe París su segundo nombre.
- Ah, el Louvre, es precioso. Pasé gran parte de mi niñez en ese museo, me fascina la magia que encierran sus paredes, es como si te quedaras atrapado dentro y no pudieses salir.
  Suspira melancólico y me siento obligada a comentar su nostalgio.
-Sí, mmm... es muy bonito, pero casi prefiero el Prado. ¿Lo has visitado ya?
  ¡Qué buena! Cambiar de tema a uno más conocido pero igualmente "culto e interesante". Puntazo para la nueva Miranda.
- ¡Claro que sí! Llevo ya casi tres años en España, estudié aquí el máster de Derecho Internacional, en la Universidad Autónoma, ¿la conoces?
- Sí,sí. ¡Yo también estudié allí! Pero hice el máster Europeo.
- En serio, ¿de Derecho?
- Sí, claro.
- Qué curioso, ahora que lo pienso, me suena verte por el campus de vez en cuando. ¡El mundo es un pañuelo!
    ¿Hemos estudiado juntos? A ver, razonemos: es completamente imposible que haya estado más de un año a menos de cien metros de alguien tan escultural y no me haya percatado de su presencia. Además, ha dudado un pelín antes de "reconocerme", como si se lo estuviera inventando.
   Aparto ese desconcertante pensamiento de mi mente en cuanto un individuo bajito, rechoncho, canoso, con una espesa barba blanca y aspecto bonachón irrumpe precipitadamente en la sala. Parece uno de los enanitos de Blancanieves.
- Disculpen la tardanza, señores míos, soy Alfredo Diéguez, director y propietario de "Abogados Diéguez" obviamente, aunque ahora que tenemos que trabajar con nuestro querido gobierno las cosas no están tan claras, me temo, pero ese es otro tema. Pasen a mi despacho, por favor.
    Gabriel y yo intercambiamos una mirada divertida, ¡qué personaje más dinámico! Le seguimos precipitadamente y llegamos a un cuarto bastante más pequeño que la sala de los sillones pero no menos acogedor. Las paredes están tapizadas con madera y de ellas cuelgan cuadros barrocos, nada parecidos a los anteriores. Cerca de la ventana hay una enorme mesa de madera de roble, y sobre ella reposan un diminuto ordenador MAC y un montón de papeles. Nos sentamos en dos sillas de cuero, idénticas a la del señor Diéguez, que refunfuña sobre el tiempo, la crisis, los políticos, su mujer, los políticos de nuevo y varios temas más.
   - ¿No deberíamos hacer la entrevista de individualmente?- pregunto, extrañada.
El director me mira como si estuviera loca y responde airadamente:
   - ¿Entrevista? No vamos a hacer ninguna entrevista, ¡qué tontería! Ustedes dos ya están contratados, por eso les hemos hecho venir hoy, para explicarles las normas y lo que van a hacer durante los próximos meses. Van a trabajar juntos en el caso Crème, estoy seguro de que ya lo conocen por los periódicos. Pues bien, Claire Charron, la directora de "la Banque d'aujourd'hui", nos ha contratado para realizar la acusación contra Jaime Alberola, el empresario que robó los diez millones de euros a su banco. Por supuesto, nuestro bufete nunca ha perdido ningún caso y confiamos en que el listón no esté muy alto para ustedes. Señor Perrin, como experto en derecho francés, usted estudiará la situación desde el punto de vista legal galo; y usted,señorita Herrero, se centrará en el español. El sueldo es de dos mil quinientos euros al mes, si ganan el caso tres mil. Tienen derecho a veintisiete días de vacaciones al año y una cesta por Navidad. Como supongo que ya sabrán, toda su investigación es secreto profesional y si se filtra algo corrren ustedes riesgo de despido. Asumo que aceptan el trabajo. ¿Alguna duda?
    Mi nuevo compañero y yo volvemos a mirarnos, esta vez perplejos. ¿Ya estamos contratados? ¿Por dos mil quinientos euros al mes? ¡Pues claro que acepto el trabajo! Gabriel parece leerme la mente, porque suelta una risita nerviosa y pregunta:
  - ¿Dónde hay que firmar?

domingo, 8 de septiembre de 2013

La estafa (I)

    Me despierto con el agobiante y misteriosamente cercano pitido de un claxon de camión. Medio mareada, abro los ojos poco a poco y tiento el interruptor de mi lamparita de noche. La luz tenue que tanto me suele gustar parece clavárseme en los ojos y me obliga a cerrarlos de nuevo. A ciegas, conecto el móvil y la melodía de mi alarma empieza a sonar a todo volumen. Una vez recuperados todos mis sentidos consigo apagarla y me doy cuenta de que ya son las ocho y media. No está mal.
    Bueno, hoy es el día. Llevo dos meses esperando este momento y he imaginado miles de veces todo lo que podría suceder. Creo que conozco todas las formas posibles de arruinar mi futuro, pero también cómo evitar que esto ocurra. En fin, eso espero. Al subir la persiana me percato de la enorme cantidad de ropa desparramada encima de la silla de mi escritorio; debería haberlo recogido todo ayer pero gracias a los nervios se me olvidó por completo. Afortunadamente la falda negra parece estar en la superficie del montón y la rescato con facilidad. Acabo de levantarme, así que tardo más de cinco minutos en abrocharme los botones de la blusa que me regaló mi madre especialmente para que la estrenara hoy y corro a la cocina a desayunar.
    Rápidamente, me preparo un café con leche y unas siete cucharadas de azúcar y engullo un para de galletas. Por favor que no se me manche nada, pienso, y Dios sabe cómo, lo consigo. Después de lavarme los dientes, la cara y todo lo lavable que quede me calzo con mucha dificultad los stilettos negros que, cómo no, también me compró mi madre. Nada más ponerme de pie me caigo y refunfullo con rabia. Odio llevar tacones, y faldas, para el caso; pero como "la ocasión lo exige y así daré una mejor impresión y bla bla bla..." no me queda otra opción.
   Suelto un par de tacos pero consigo ponerme en pie y alcanzar el armarito donde guardo mis llaves. Las meto en la cartera junto con el currículum y el resto de información absurda que me obligan a llevar y salgo a la calle.
   Es un día cálido de Septiembre y una agradable brisa de viento me trae el olor de los pasteles de la panadería más cercana. Debería haber desayunado más. Avanzo un par de metros y veo por el rabillo del ojo mi reflejo en un escaparate. Comparada con mis pintas habituales, no estoy nada mal. Llevo el pelo suelto, liso y parece más rubio de lo normal. Los labios me brillan ligeramente y mi reloj de muñeca plateado no tiene nada que envidiar a los Rolex de la tienda en cuyos cristales me estoy observando. Sinceramente, tengo aires de profesionalidad. Yo me contrataría.
   Suelto una carcajada ante mi último pensamiento y de repente me doy cuenta de que no estoy casi nerviosa. Solo quedan quince minutos para la entrevista y probablemente ya debería estar en el bufete, esperando impaciente a que me llamen. Pero en lugar de eso me encuentro a dos manzanas, caminando alegremente, más tranquila de lo que he estado en semanas y sonriendo ante la visión de un joven guapísimo que pasa canturreando por la acera de enfrente. Lleva puesto un traje con corbata tan elegante como mi falda negra, sin embargo, al contrario que yo, parece rebosar de naturalidad y optimismo. Yo me siento disfrazada.
    Sacudo la cabeza e intento convencerme a mí misma de que no, eso está mal, no estoy disfrazada, esta soy la nueva yo, la nueva Miranda; la nueva Miranda ha dejado los vaqueros rotos con botas militares de lado y ahora lleva faldas de tubo con tacones altos que le sientan genial y le hacen parecer profesional y experimentada, porque la nueva Miranda es muy profesional y experimentada. Obviamente.
   Sigo caminando sin prisa hasta que estoy enfrente del edificio del bufete. Lo pone bien claro en el telefonillo, sí, sí, al lado de "7º A". Uf, respiro hondo y llamo al timbre. A los dos o tres pitidos una voz de mujer estresada pregunta mi nombre.
- Miranda Herrero, tengo una entrevista con el señor- ¿cómo se llamaba?- ... Diéguez a las nueve y media.
    La escucho ojear unos papeles y responde rápidamente con un cortante "Pase".
    Empujo la pesada puerta del portal y me dirijo al ascensor, pero por más que apriete el botón no viene, ni se ilumina ninguna lucecita como sucede en el de mi piso. Poco a poco, los nervios se van apoderando nuevamente de mí. A falta de otra opción, decido subir los siete pisos de escaleras y acabo cansadísima, además de con una horrible sensación de inquietud en el estómago.
    Al llegar a mi destino, la señora mayor a la que debía pertenecer la voz que me atendió antes me abre la puerta. Lleva un cartelito con su nombre en la chaqueta: "Adela Martínez".  Entre lo encorvada que está ella y mis zapatos nuevos, le saco dos cabezas. Me mira escéptica de arriba a bajo, pero al final parezco gustarle, porque me obsequia con una media sonrisa y me conduce hacia una amplia sala repleta de sillones.
- Espere aquí, por favor, enseguida vendrá el señor Diéguez.
    Le doy las gracias y observo detenidamente la habitación. Aparte del comodísimo sofá que estoy probando ahora mismo, hay otros cuatro butacas de cuero y un sillón giratorio. La pared de enfrente es prácticamente un ventanal con vistas a Serrano, una de las calles más exclusivas de Madrid. A mi alrededor cuelgan cuadros  de Picasso, Goya y uno de artista indefinido, aunque intuyo que es obra de Pollock. Al lado de una mesita con orquídeas y otras flores preciosas, se esconde un discreto tocadiscos que no parece estar en su mejor momento, pues ha perdido todo el brillo y el enorme disco negro está cubierto de polvo. Me pregunto qué tipo de música será. Disimuladamente me acerco y me inclino todo lo que puedo para leer el título, pero al soplar el polvo me da un ataque de tos y regreso a mi confortable e inofensivo sofá entre carraspeos para nada femeninos.
   Antes de que pueda recuperarme, suena el timbre y Adela se apresura a abrir la puerta. Sin que ella tenga que decir nada, escucho perfectamente como una seductora voz de hombre se disculpa por el retraso y se presenta como Gabriel Pegan, o tal vez Perrin, porque tiene un ligero acento francés. En fin, espero que no tenga muchas posibilidades para conseguir el puesto, porque yo definitivamente lo necesito.
    Me siento todo lo derecha que puedo para dar impresión de confiada, como si ya supiera que me van a contratar. Pero toda mi fachada se derrumba cuando veo entrar al mismo chico que vi antes en la calle, solo que ahora tiene un ligero rubor en las mejillas tras subir todos los pisos de escaleras y está aún más atractivo, si cabe. Para colmo, se me acerca con una sonrisa que muestra dos filas perfectas de dientes perfectos y me tiende una mano perfecta repitiendo su nombre.
  - En.. Encantada.