Bienvenido a mi día a día y a mi escondite. Aquí encontrarás historias, reflexiones y un poco de todo lo demás, salpicado con motas de alegría y supervivencia.

martes, 24 de diciembre de 2013

Historia de un Reino

    Había una vez un príncipe muy grande con una cabeza muy pequeña que vivía en un castillo muy normal.
    Todas las mañanas, al levantarse, se daba con el techo en la cabeza, y los gemidos de dolor que salían de su garganta ya funcionaban como despertador entre sus súbditos. Refunfuñando, se levantaba, con mucho cuidado de no golpearse más; pero como acababa de despertar aún estaba adormilado y no podía evitar lastimarse con todas las puertas que encontraba a su paso. A cada zancada, sus gruñidos se hacían más fuertes, ¡no dejaba dormir a nadie! Molestos, sus criados se resignaban a aguantar sus aullidos, conscientes de que no podrían descansar más.
   Cuando, más tarde, llegaba la hora de levantarse en el castillo, el enorme príncipe ya llevaba mucho rato dando vueltas en los pequeños salones, chocando con todo lo que encontraba en su camino y gimiendo de dolor y de rabia con cada golpe. Era muy molesto, eso seguro, pero también era un príncipe, pensaban los que le rodeaban. "Tenemos que respetarlo", murmuraban fastidiados cuando el príncipe pasaba a su lado, haciendo ruido y destrozándolo todo a su paso. Pero más que respeto, lo que sentían hacia el príncipe era miedo. Sí, sí, el más profundo pavor que podían sufrir ante nadie: no solo era todopoderoso en la región y podía ordenar torturas, ejecuciones y cualquier cosa que se le antojara sin restricción; sino que además su imponente tamaño y sus malos humos podrían asustar hasta al más valiente de los leones.
    Por eso callaban siempre, guardándose las réplicas para sí. Solo los más valientes se atrevían a comentar su malestar con el resto de los súbditos, ¡y no pocas veces había caído alguien al escuchar un espía la más mínima queja contra el monarca!
    Por suerte para el príncipe, fuera del palacio no se sabía nada de sus métodos. Sus cómplices les contaban a las gentes del reino que el soberano solo vivía para protegerles contra una bestia, malvada y feroz, que nadie jamás había visto. Los pobres ciudadanos que vivían fuera del alcance del príncipe eran los más incultos y los que menos conocimientos tenían: no habían estudiado, habitaban en la miseria y comían lo que encontraban en los alrededores del castillo. Los mandatarios, pues así eran conocidos en las calles los encargados de ejercer la voluntad principal, seleccionaban a los más inteligentes y les llevaban a palacio, bajo la promesa de una vida de riquezas, cerca de su amado señor. La mayoría aceptaban, ¿cómo no iban a hacerlo? Pero no volvían a ver jamás a sus familias, no se les permitía salir del castillo. Para ser fieles a la verdad, tenemos que admitir que los residentes de la fortaleza sí llevaban una vida mejor que sus necesitados compañeros; sin embargo el verdadero objetivo de los mandatarios al trasladarles no era aprovechar su intelecto para mejorar la vida de los demás, ¡claro que no! ¡Lo que hacían era atontarles, robarles todo rastro de ingenio para impedir que se tornaran contra el príncipe!
    Y, a decir verdad, funcionaba. Nadie jamás se había rebelado, a nadie parecía molestarle la tiranía a la que vivían sometidos; se quejaban en silencio, ¡ay del que no fuera lo bastante discreto para sobrevivir! Solo en el palacio se oía hablar de conspiraciones contra el soberano, y la mayoría solo eran rumores que se inventaban los espías para descubrir posibles rebeldes y eliminarlos. Fuera de la residencia real, se adoraba al príncipe como a un dios. Las gentes lo consideraban su salvador, su protector contra el enemigo, su amado patrón. En las sucias callejuelas de las ciudades, los caricaturistas retrataban al príncipe en toda su grandeza, los músicos le dedicaban canciones aduladores y los comerciantes besaban las monedas que llevaban acuñado su rostro.
    Aunque nunca lo había visto, pues el jerarca no solía salir de su palacio, donde se reunía con sus encargados, comía, bebía y se reía de todo el que podía; la población se encontraba en un estado de trance amoroso por su soberano que ya se mantenía durante siglos. Mientras que el resto de estados del mundo conocido habían realizado numerosos avances técnicos, sociales, culturales y se habían deshecho de figuras equivalentes al príncipe de nuestro reino; en esta comarca hacía ya más de mil años que nada cambiaba. Ni la pobreza, ni el hambre, ni las injusticias ni el totalitarismo se habían modificado ni un ápice. Pero como nadie sabía nada de lo que ocurría al otro lado de las fronteras, ¿qué iban a hacer? ¿Esperar algo mejor? ¿Y qué podía ser mejor que honrar y servir eternamente al más honroso señor jamás habido? Nada, por supuesto.
   Pese a todo, un buen día, un pequeño chico de apenas trece años, recién llegado a palacio, se tropezó. Sí, sí ¡se tropezó! El pobre no podía atarse el zapato izquierdo y, al agacharse, resbaló en el reluciente suelo y acabó rodando a los pies del monarca. Todos a su alrededor se quedaron boquiabiertos de espanto, cómo se atrevía un renacuajo así a caerse delante del príncipe. Esperando lo peor, muchos tornaron la vista, pues ya habían visto (y sufrido) demasiadas torturas a lo largo de su vida. Pero al pobre muchacho, inconsciente de lo que era capaz su alteza, ya que solo conocía las historias que se contaban en las calles sobre su magnificencia y piedad, se agarró a los ropajes del monarca para ponerse en pie y murmuró un claro "lo siento", con una amplia sonrisa en su cara.
   Pero esta mueca no le duró mucho tiempo. Al tirar de la túnica del príncipe, a este se le había caído casi entera y, lejos del cuerpo inmenso que todo el mundo esperaba ver, aparecieron cuatro enanos, uno encima del otro, que perdieron el equilibrio rápidamente y cayeron al suelo de oro de la sala, causando un gran estrépito.
    Estupefactos, los súbditos palaciegos se acercaron poco a poco a esos extraños seres que durante tanto tiempo habían confundido por un colosal soberano, y, todos a la vez, se dieron cuenta del engaño del que habían sido víctimas. Curados como por arte de magia de su dañina ceguera, llevaron entre todos a los enanos a las mazmorras y corrieron por las ciudades a contar la verdad a sus habitantes. Se descubrieron los espías, los crueles mandatarios fueron expulsados y se eligió un nuevo monarca de entre los más preparados, que dedicó sus esfuerzos a mejorar el estado de su población y fomentar la educación, angustiado por la idea de que algo tan horrible como lo ocurrido con los enanos volviera a suceder. Al cabo de los años, hasta los más pobres y con menos acceso a la rica cultura del país eran capaces de juzgar por su cuenta si querían apoyar unas propuestas u otras, reafirmando sus derechos con cada paso que daban hacia el progreso.
    Lo hicieron tan bien, que ahora nadie se puede creer que un engaño tan espantoso llegara nunca a ocurrir y toman esta historia por cuento chino, ciegos de nuevo a las mentiras que les rodean.


jueves, 5 de diciembre de 2013

Trance

   ¿Por qué?
   Pues porque sí, como si alguien se molestara en buscar alguna solución, alguna razón, algún simple motivo para hacer algo.
   Así que sigo, haciendo lo mismo que hago todos los días, Sin pensar, sin llegar a nada. Porque sí.
Me levanto a duras penas, evitando pensar en ella. Me ducho, bajo a desayunar y la veo en todas partes. Está en el espejo, a mi lado, en el armario, en la silla cubierta de ropa, tumbada en la cama, esperándome en la cocina. Cierro los ojos para evitar su recuerdo, pero descubro que también está dentro de mí, en cada recoveco de mi ser. No consigo escapar.
   Dejo salir un suspiro de frustración que acaba en un doloroso grito y pego un puñetazo con todas mis fuerzas a la mesa, lo que solo me causa aún más dolor, si es que eso es posible. Las primeras lágrimas del día se deslizan veloces por mis mejillas y caen en lo que iba a ser mi desayuno. Pero no tengo hambre. Ni sed. Ni siquiera sueño, ya no.
    Al principio podía, es cierto. Las primeras semanas bastaba con comer todo lo que encontraba, beber hasta vomitar a todas horas y pasar el resto del día dormido, aislado del mundo y de sus gentes, tan estúpidas y simples. Nadie fue capaz de entender lo que sentía, nadie fue capaz de ayudarme.
    Ahora ya no tengo remedio, lo admito. Hago lo que debo hacer, sin dedicarle mucho tiempo a nada en particular, mas que a llorar y llorar todavía más. No entiendo nada, no comprendo por qué te fuiste, cómo me pudiste dejar. Perdí la fe en todo en lo que llegué a creer y ahora camino como un muerto por mis días, intentando acercarme a ti y a la vez alejarme de tu fantasma, que no me deja en paz y me persigue hasta en los sueños más felices, arruinando cada recuerdo.
   Ya no sé si vivo, si he fallecido y si esto solo es un trance; un puente para alcanzarte una vez más. Solo sé que si este infierno es vida, con cada paso que doy estoy más cerca de la muerte. De la suave y dulce muerte. 
   De ti.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Te veo a ti

   -Te veo a ti
   Corría, saltaba, volaba por las calles de la ciudad gris. Quería huir de la fealdad de los edificios, de la tristeza de la gente y de esas cuatro palabras. Pero, por muy rápido que fuera, éstas me perseguían y me acorralaban, dejándome sin escapatoria. Se ensañaban conmigo, me torturaban y se reían de mi desesperación. Solo podía salir corriendo una vez más, intentando sin éxito refugiarme en el pasado. Aunque me esforzara por dejar atrás la verdad y volver a mis dulces memorias, incluso éstas habían cambiado y ya no eran tan felices como antes. Antes.
    Antes solo tenía que esconderme en sus brazos. Antes él me protegía de cualquier problema. Antes... Hablábamos, reíamos, nos queríamos, pero no lo suficiente. Debí haberle mostrado más cariño, haberle contado todos mis secretos y haber pasado más tiempo a su lado. No sabía que nuestro amor era caduco y nos quedaban poco por disfrutar.
    ¿Por qué no le respondí?
     Aquella tarde fue única, en su coche recién estrenado, abrazados y apartados del mundo exterior; como si el vehículo fuera una burbuja en la que solo importábamos nosotros, nuestros besos y nuestras caricias. Recuerdo que respiré profundamente y, al ver la foto que había colgado en el retrovisor, en la que salíamos nosotros dos sumergidos en un beso eternamente dulce e infinito, fui inmensamente feliz. Nadie podía sacarme de este sueño.
    - ¿Piensas en el futuro?
     Se me quedó mirando  largo rato, intentando descifrar mi pregunta, que en realidad no tenía nada de complejo. Me encantaba eso de él, que siempre le buscara los tres pies al gato, sin dejarse llevar por primeras impresiones.
    - ¿Y tú?
      Puse los ojos en blanco y le di un codazo cariñoso, picada.
    - Lo digo en serio.
    -Supongo que sí- murmuró, algo confuso, porque ya se imaginaba adonde quería yo llegar.
    - ¿Y qué ves?
   Me quedé expectante. Llevaba bastantes días deseando preguntarle eso. Ya en verano había decidido que quería pasar el resto de mi vida con él. Era mi príncipe azul y nos amábamos con locura. No había nada que pudiera arruinar un futuro juntos.
    Suavemente, se inclinó hasta mi oído y me susurro con voz dulce:
    - Te veo a ti.
   Sin poder contener más mi alegría, le besé con todas mis fuerzas, y el me respondió con aún más pasión; apretándome contra sí como nunca lo había hecho, uniéndonos el uno con el otro en una fusión perfecta.
    Divertida, salí del coche riendo, ignorando los "¿Y tu?", que gritaba desde el volante, molesto por mi repentina huída. Sin hacerle caso, volví a mi casa y me quedé hasta las tantas bailando en mi habitación con los auriculares puestos.
     Las siguientes semanas fueron un cuento de hadas; pasé cada minuto libre con él; mirándonos, ronroneando sin preocupaciones. Pensé que éste era el principio de una maravilla eterna, que nunca nos separaríamos.
    Hasta el tercer martes por la tarde, todo fue idílico: su mirada embriagadora, sus dientes separados, sus brazos fuertes, su voz deliciosa, sus complicadas adivinanzas, sus chistes ridículos... todo. No podía ser más feliz. Llegué a casa del colegio, sonriendo abiertamente y arrojé la mochila a la cama despreocupada. Me tumbé en la alfombra, cerrando los ojos y saboreando el calor que desprendía el nuevo radiador. Toc toc. Tenemos que hablar contigo. Toc toc. Pasad. 
   Y entonces lo supe. Como un hacha, la noticia me atravesó lentamente, retorciéndose dentro de mí. No quería creerlo. ¡No podía creerlo! No era verdad. No, no, no. Chillé, lloré, pataleé e intenté deshacerme de todas las formas posibles del abrazo reconfortante de mi padre. Sollocé, una y otra voz, gritando su nombre en un sonido gutural, deseando que me escuchara, que estuviera allí para ayudarme. Mi madre lloraba también, mirándome aterrorizada desde la cama. Pero ya todo daba igual.
    Ya no era yo. Cambié totalmente, olvidando que antes había sentido amor hacia otra persona, me convertí en un zombie. Solo pensaba en él, en lo que le echaba de menos, en lo que le había querido. Lloré cada noche y cada día, incapaz de concentrarme en ninguna otra cosa. No quería escapar, me merecía este suplicio. Debería haberle amado más, haberle besado más, haberle querido más... cuando podía.
    Pero por mucho que le echara de menos, no podía verle. No podía llegar hasta él. Era imposible acercarme a donde estaba ahora, por mucho que lo intentara. Tenía tanto que decir, tanto que cantar y escribir; pero no lo conseguía. Lo más doloroso era pensar que habíamos estado tan cerca de tener un futuro juntos, felices... y una curva de carretera mal señalizada nos lo había arrebatado de las manos.
      Ya ni siquiera podía refugiarme en el coche, que había quedado aún más destrozado que yo. Así que un día, sin pensarlo dos veces salí corriendo de casa y no paré hasta alcanzar el lugar donde habían enterrado su tumba. Entre respiraciones entrecortadas y sollozos de angustia me arrodillé y, por primera vez en mucho tiempo, abrí totalmente los ojos. Miré al rededor, y de nuevo fijamente a la lápida que tanto había odiado.
    -Te vi a ti.
     Me sentí liberada, y poco a poco, mi ansiedad se fue transformando en un llanto de alivio. Las lágrimas caían veloces por mis mejillas, y la pena se iba separando de mí. Me fui deshaciendo del dolor que albergaban mis entrañas, estaba más ligera, más joven, lista para vivir de nuevo. Siempre junto a él. Pero ahora sería él, su memoria la que me seguiría a donde fuera, y no yo la que se aferrara a su recuerdo como los niños a sus madres.
    Lentamente, me levanté y volví por donde había venido. Segura, libre y sin mirar atrás.

lunes, 28 de octubre de 2013

No importa

     Y eso es todo. No hay más, no ha valido para nada. Llegas, lo haces lo mejor que puedes, entregas y te vas. Ya no puedes cambiar nada. Esos sesenta minutos de nervios extremos y escritura inteligible tienen que describirte. Representan lo que sabes, cómo estudias, si eres responsable o te pasas todo el día sin hacer nada. Cualquier mínimo despiste, causado por los nervios, por el desconcierto, porque no consigues concentrarte con los gritos del patio, porque estás pensando en él, porque en tu cabeza no paran de sonar tus canciones favoritas; cualquier error te define como una vaga, relativamente estúpida, incapaz de seguir las instrucciones del ejercicio. Y como no puedes hacer nada más, quedas como una tonta, impotente y ansiosa por demostrar que en verdad vales algo más que una nota.
    ¿A quién le importa lo que digas? Tienen sus papeles, con el margen que te han pedido que dejes para las correcciones, los bocetos con los colores necesarios e incontables fallos que van a bajar tu nota a la velocidad de la luz. Pero qué más da lo que digas, que lleves una semana sin dormir por el examen, que hayas estudiado como nunca y que no puedas estarte quieta de los nervios. Se supone que te tienes que quedar sentada, como siempre, hincando los codos un poco más, para luego tirar todo tu esfuerzo a la basura porque te has equivocado en una tontería. ¡Ah! Se siente. 
    Luego volverás a casa, sintiéndonte imbécil, porque de tanto repetirlo has acabado creyéndote tu propia estupidez. Ni siquiera tienes tiempo para llorar un rato porque tienes que prepara las clases del día siguiente y el próximo examen. Ese curso que empezaste con tanta ilusión, entusiasmada y segura de tus posibilidades se va desmoronando poco a poco sin que puedas hacer nada. Tampoco rebelarte ¿contra qué? En el fondo, sabes que necesitas estudiar y que es bueno para ti y para tu futuro. Tu futuro, tu futuro, tu Futuro. Todo se basa en una hipótesis mal formulada sobre la carrera que vas a elegir en los próximos dos años. Y cuando la acabes, ¿qué te queda? Con mucha suerte, un trabajo. Entonces todo habrá valido la pena, por supuesto, quién no quiere pasarse veinte años estudiando como una bestia, angustiado por cada mínimo detalle, para luego conseguir un empleo mal pagado en el que hay que trabajar aún más.
      No le encuentras sentido a nada y cada vez te cuesta más centrarte; necesitas hablar pero para qué vas a contarle a nadie lo que te pasa si tus amigos están igual de ansiosos que tú. Y  así todos los días, pasa una semana, dos, un mes, y sigues tragándote tus miedos y preocupaciones; ¡incluso lo que te ilusiona! Te recuerdas a ti misma a un robot, te sientes ignorada por todos, se te están juntando demasiados asuntos del colegio, de tus amigos, de él (que ha conocido a otra y te ignora por completo), de tu familia... Acabas llorando muchas noches, mas finges ser impasible y estar alegre, como si no te afectara.
     Pero en el momento en que te sientas frente al ordenador y ves las teclas brillantes listas para escribir, te sale la angustia a chorros y no puedes parar hasta que no has sacudido la última gota de indignación y tristeza que hay dentro de ti.
      Apagas, suspiras y guardas el móvil en el cajón porque no quieres ni verlo después de lo que ha pasado. Te metes en la cama pronto, por si mañana es un día mejor.


domingo, 27 de octubre de 2013

El cuadro

   No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos.
   En principio, hay que reconocer que esta famosísima expresión que repiten constantemente las madres del mundo tiene algo de verdad: muchas veces, ni siquiera somos capaces de apreciar nuestros bienes, pero cómo lloramos cuando nos quitan cualquier cosa, por ínfima que sea.
    Sin embargo, yo creo que más importante y realista que esta afirmación, es que no sabemos lo que queremos, al menos en mi caso (no se vaya a ofender nadie). Y es que, hay gente que tiene clarísimo desde muy niño a que se quiere dedicar de mayor, y son capaces de todo para conseguirlo. Tienen un objetivo compacto ante los ojos, un camino que seguir, una meta que les da seguridad y les motiva a seguir adelante. Pero luego también hay otro enorme grupo de personas que se pasan la vida buscando incentivos, buscando ese propósito que tan obvio es para los primeros.
     ¿Cómo sabemos siquiera lo que deseamos? Únicamente sabemos lo que tenemos que querer. Desde pequeños, nos han orientado a estudiar "algo con muchas salidas". Pero ¡de qué valen esas "salidas" si no se adecuan a nosotros! Tal vez quieras hacer económicas para tener un buen futuro asegurado, con una esposa guapa a tu lado y un par de hijos que tengan buenas notas en el colegio. ¿Esa es tu vocación? Al menos desde fuera parece bastante vacía, como si se la hubieras robado a otra persona. También es posible que tengas la necesidad de sentirte bien contigo mismo, de demostrarte que en el fondo has hecho algo bueno por el mundo aparte de nacer, ganar dinero y morirte dejándoselo a tu descendencia para que se acuerde de ti. Y para éstos últimos existe la fantástica opción de ayudar en un comedor social un par de días al mes, para poder presumir de ello por toda la ciudad y desprestigiar a los que de veras están interesados en ayudar a los más desfavorecidos.
    Lo mismo ocurre con muchas ONGs o incluso trabajos comunitarios: sirven de "sacacuartos" y para hacer evitar que la gente se sienta inútil. Pero cuidado, no estoy diciendo que este sea el caso de todas las organizaciones de este tipo ni de todos sus socios o voluntarios, ¡ni mucho menos! La mayoría desempeñan trabajos admirables sin esperar prácticamente nada a cambio; a mí me encantaría trabajar en un centro de apoyo o de mayores en mi ciudad.
   El problema, por supuesto, reside en como se enfoca esta ayuda. Porque muchas veces, los donantes miran con superioridad a los más pobres, sintiéndose dioses recién bajados del Olympo al ayudarlos. Y eso por supuesto, por muy noble que sea el resultado de su colaboración (que esa es otra, pues no son pocas las organizaciones de beneficencia que se han visto inmiscuidas en casos de corrupción), deja mucho que desear sobre sus verdaderos fines.
     Ahora, volviendo al tema de que no sabemos lo que queremos, parece que me ha quedado una entrada bastante moralista (demasiado, diría yo). Pero tengo que añadir que todo lo que he escrito en referencia al ámbito profesional se aplica también en bastantes casos a las relaciones personales. Tenemos una idea bastante abstracta de como sería nuestra pareja ideal y buscamos alguien que se parezca un poco a esta ilusión que nos hemos creado; pero las más de las veces esa persona lleva algunos meses allí, apoyándote y haciéndote reír de una manera tan natural que ni siquiera eres capaz de darte cuenta de que su presencia no es normal en tu vida, de que ha cambiado algo. Solo te percates cuando, tras varias discusiones incómodas, parece que se ha cansado de ti y, de un momento a otro pierdes gran parte de su cariño. Aunque claro, tienes tantas cosas que hacer que no encuentras el tiempo para contárselo a una amiga que te pueda ayudar. Tienes que tragarte lo que sientes y poner buena cara, no vaya a ser que alguien se de cuenta y desvele tu secreto.
        En definitiva y por sacar alguna conclusión de este terremoto de palabras, no tengo ni idea de qué quiero. Únicamente hay un boceto hecho a lápiz en mi cabeza, me falta decidir los colores y el lienzo para poder colgar el cuadro en el salón.



   

viernes, 25 de octubre de 2013

La Estafa (V)

    No entiendo lo que ha pasado. Hace apenas una semana, me trataba con desprecio, me ignoraba completamente. Parecía odiarme. Y a mí me daba verdadero asco.
   Pero ahora todo ha cambiado. Es viernes por la noche, estamos sentados en uno de los restaurantes más caros de la ciudad, esperando a que nos sirvan la cena. Ayer fuimos a la bolera, anteayer me invitó a un helado gigantesco en el parque y el martes dimos un largo paseo después del trabajo. Es completamente absurdo. No sé cómo reaccionar, ni siquiera sé por qué respondo a sus atenciones. Hasta que dejo de comerme la cabeza buscando argumentos para no estar allí con él y le miro a los ojos. A esos profundos ojos azules que me observan y alcanzan lo más profundo de mi ser, como si siempre me hubieran conocido.
   Y entonces me doy cuenta de algo obvio, que nació hace poco tiempo. Me estoy enamorando de él.
    Carraspea y me sirve más champán exquisito de la botella que acaban de traernos. De nuevo, me dedica una sonrisa perfecta y me acaricia la mano por encima de la mesa. Se inclina un poco y me mira fijamente, como si intentara descifrar mis pensamientos.
- Gracias- dice.
   Le miro interrogante y me responde con un ademán de mano, llamando al camarero. Este asiente discretamente con la cabeza y se marcha apresurado de la sala. Al instante, regresa con un ramo de rosas gigante que me entrega sin vacilar. Todo el restaurante nos está mirando. ¡Dios mío! Me ha regalado flores ¡esto es una cita! Sonrío abiertamente a Gabriel, que me mira expectante, y sin perder un segundo, me levanto le beso en la boca. Es un beso largo, dulce, precioso. Cuando nuestros labios se despegan, los demás comensales nos aplauden y los dos nos ponemos un poco rojos.
     Me agacho ligeramente y le susurro que nos vayamos, que ya no tengo hambre, que quiero estar con él y solo con él. Me coge de la mano y, juntos, huimos del establecimiento para acabar corriendo por la calle. Felices.
- Gracias- repite-, por esta semana mágica.
    Más allá de sus palabras, es su mirada, el brillo de sus ojos lo que más me impone. De alguna manera que no logro definir con palabras, parece atravesarme, ver lo que hay dentro de mí, ¡conocerme! Pero si no me conoce, qué estoy diciendo, apenas hace 20 días que nos presentamos.
¿Y qué? ¿No hablan las canciones de amor a primera vista? Pues ya ésta. Que le quiero.
-Te quiero- susurro, sin pensar. ¿¡Pero qué he hecho!? ¿Qué va a pensar ahora de mí? Siento como la sangra inunda mis mejillas, debo estar más roja que un tomate; hasta que, en el momento perfecto, Gabriel se acerca a mi lentamente y me besa en la boca. Interminable y a la vez instantáneo. Como nuestro amor. Como nosotros.
-Te quiero- afirma él también con decisión, sacándome de mis peores temores.
   Y entonces todo me da vueltas, solo me importa Gabriel, sus brazos fuertes que me rodean y no me dejarán caer, su boca con sabor a chocolate por la tarta que acabamos de compartir, su pelo suave y rizado. Él. Y yo. 
   Nosotros.

jueves, 10 de octubre de 2013

Fin

    Tiene calor.
    Diego se seca el sudor de la frente con una mano y sigue avanzando por la concurrida avenida de los cerezos. Ahora que se fija, todo el mundo a su alrededor va acompañado. Menos él mismo, claro. Todos van en parejas o pequeños grupos, incluso se ve una aglomeración de gente a lo largo de la calle. Probablemente sea una manifestación. Bah, como si a alguien le importaran sus estúpidas protestas. Los transeúntes parecen felices, preocupados, tristes, enfadados, emocionados, nerviosos... parecen personas reales con alegrías y problemas que solucionar. Personas que sienten, y que sufren. Pero su sufrimiento no está justificado, a diferencia que el de Diego. Sabiéndose mejor que los demás, los mira con indiferencia y una pizca de compasión. Sí, tiene que admitirlo, le dan pena; sobre todo porque sabe que él antes también era así. Era un mero envase vacío: comía, bebía, dormía, estudiaba, ¿para qué? ¿Qué ganaba con eso? Nada, rien, اللا وجود. Ahora sí que valía para algo, tenía una función, un sentido en la vida, ¡un sentido importante! Cada día se alegraba más de haber conocido a Marcos. 
     Había sido un chico corriente, como él, pero decidió entrar en la fundación junto con su novia hacia ya más de cinco años. Diego le conoció en un parque, mientras paseaba a su antiguo perro, Dufo. Qué nombre más estúpido para un perro. Dufo. ¿Cómo había podido ser tan imbécil? Gracias a Marcos ya no es así. Se alisa la camisa, palpando suavemente el complicado mecanismo que lleva debajo. Nota cada esquina, cada tubo, cada cable. Sigue el camino de los alambres poco a poco, hasta llegar a su manos derecha, donde tiene el botón. Lo acaricia con suavidad, es su mayor tesoro, su salvación.
    Y de las cien personas que estén a su alrededor cuando llegue el momento. Marcos no vendrá, ni su novia, cuyo nombre ya ni siquiera recuerda. Ahora sólo puede pensar en un nombre, el de Dios. Sabe que está orgulloso de él, de sus progresos. ¿Y qué mejor final que el de un mártir? Ninguno. Se convertirá en ídolo, en profeta, en tótem. Será adorado y respetado durante muchas generaciones, otros seguirán sus pasos, será un ejemplo para ellos.
   Tiene calor.
   Está sudando mucho, se acerca el momento. Respira estos últimos segundos de aire puro y baja las escaleras del metro apresurado. Espera nervioso, y, por fin, llega su tren. Se monta en el vagón más concurrido y espera a llegar al túnel planeado. Cierra los ojos y murmura una última oración para pulsar con suavidad el botón que lleva un año llamándole a gritos.
    Fin.