Bienvenido a mi día a día y a mi escondite. Aquí encontrarás historias, reflexiones y un poco de todo lo demás, salpicado con motas de alegría y supervivencia.

miércoles, 30 de abril de 2014

El lagarto corre y vuela

Una mariquita rosa con puntitos azulados. La abeja verde del árbol caído y destrozado. Dos moscas gigantescas que dan mucho repelús. Tres bichejos, dos bichitos y cuarenta bichos más. Todo lleno en el país Nunca Jamás. ¿Están sordos? El zumbido aglomerante impide decir ni mu. ¿No oyen nada? Algo podrán escuchar. Al otro lado del prado trotan cabras sin parar. Donde van esas palomas, blancas, feas y negras, monas. Donde corren los leones, grandes, tristes y más grandes, comilones. A la izquierda o hacia el este, la brújula echa pestes. Al norte, o tal vez el sur, quieren ir los desgraciados. Los felices no se mueven, están muy bien asentados. Sin ver nada, sin oír, ¡cavan cavan! Dentro dentro de la tierra encuentran un acertijo. ¿Quien fue pues el más listillo de estos mil animalitos? Miradas de recelo, la avispa gruñe con odio. El tigre de la esquina pía dando testimonio. Intentan pruebas y corren hasta llegar al final. Agotados y sin ganas, no pueden mirar atrás. Noles gustan los  enigmas, ni las tonterías tal cual. ¿No se quieren todos mucho? ¿para qué clasificar? Bababa, dedede. Se olvidan del papelito y comienzan a jugar. Qué felices, qué contentos, ¡muy pronto les comerán!

domingo, 20 de abril de 2014

La canción más bella

Los copos de nieve de esta noche blanca
Se unen con tus lágrimas antes de partir,
Dejando en tu boca una huella clara
Que muestra el camino del querer sin fin.

Mas pronto amanece y la magia se esfuma
El agua salada comienza a brotar
De nuevo tus ojos de rabia se inundan.
Ya no quedan lágrimas con que llorar.

Y es esta sequía, por dentro y por fuera
La que me hace amarte con todo mi ser
Los besos se turnan en brava carrera
Rezando por nunca perder tu querer.

La nieve no importa, el sol no aparece
Tan solo tenemos la luz de una estrella.
Brillante, paciente en mis brazos se mece
Gritando en silencio la canción más bella.

miércoles, 9 de abril de 2014

Pinturas solapadas

  Un anciano con mirada soñadora está sentado en un banco marrón chocolate, pero chocolate caducado. A su lado, una niña pequeña juega entretenida con su muñeca favorita, que se deja peinar sin oponer resistencia alguna. El hombre que les observa escondido tras un gran árbol a la izquierda, parece estar fascinado por estos dos individuos, a simple vista muy normales y corrientes. Concentrado, frunce el entrecejo, como si hubiera algo que le molestara. Tal vez sea la sonrisa imperturbable de la pepona, incapaz de imponerse ante su dueña y mantener su dignidad. O puede que los sueños del ochentón, palpables y fáciles de imaginar, le atraigan como miel a las abejas y no le permitan dejar de observar con tamaña fijación.
   Incluso es posible que ni siquiera esté contemplando a un abuelo y su nieta, sino a un padre y su hija, o a un criminal y su víctima. Nunca lo sabremos, ni tampoco el mirón conoce la respuesta. ¿Seguro que le interesa? En verdad, nunca sabremos nada sobre el cuadro del salón, pero a la vez podemos desenterrar todos sus misterios. Podemos limpiar el polvo de cada uno de sus acertijos, y cualquier solución que hallemos será correcta, porque no hay una sola pintura, sino cientos, miles y millones. Cada espectador apreciará una situación diferente, y todos acertarán. Realmente, solo somos un reflejo del curioso que escudriña a la niña y su muñeca, intentando descifrar lo que sentían.
   Quién sabe, quizás ni siquiera haya un cuadro y solo sea producto de nuestra imaginación. O quizá nosotros mismos formemos parte de él.

martes, 8 de abril de 2014

El escondite

    Lentamente, muy lentamente. Casi sin que te des cuenta, un miedo afilado con cuchillas se adentra en tu interior, desgarrando cada recoveco de tu ser. Al principio todavía podías luchar contra la angustia que se apodera de ti cada vez que sales a la calle. Un poco de aire te vendrá bien, decían. Ni siquiera ahora se dan cuenta del error. 
  Encerrada entre cuatro paredes descoloridas, tampoco te sientes a salvo, pero sí notas una cierta protección, una inmunidad ante el verde de sus ojos, ante la blancura de su sonrisa. Tan solo el recuerdo de un simple abrazo te hace sollozar, y no tardas en esconderte bajo el cojín más mullido de toda tu colección. Dentro de casa, al menos has tirado todas sus fotos, y el hecho de no haber estado aquí con él te reconforta. Pero fuera, en el parque, en las plazas, en la avenida principal, todo huele a él. En los restaurantes, todo sabe a él. En cualquier concierto, no solo le oyes, sino que también le escuchas. Y llega un momento en el que no puedes más. Solo te queda huir de vuelta a esos muros torcidos e inclinados, que amenazan con sepultarte el día más inesperado. Solo te queda esconderte.
    Sin embargo, sabes más tarde o más temprano, no te quedará otra opción que hacerle frente. Tendrás que admitir lo que sientes, y mostrarle el daño que te ha hecho. Quieres llorar delante de él, quieres que sufra como tú has sufrido. Incluso una pequeña parte de ti se muere por una pizca de compasión suya, de cualquier motivo que le pueda hacer volver a ti. Pero sabes que eso no va a ocurrir, lo sabes desde hace ya demasiado tiempo, mucho antes de que todo acabara. Simplemente, aún no estás preparada para aceptar ese golpe congelado, y planeas refugiarte indefinidamente. Tal vez nunca necesites escapar.


Macedonia

    Aunque en general no suelo preocuparme por estas cosas, llega un momento en la vida de toda mujer en el que debes hacerte la Pregunta. Sí, la Pregunta con mayúsculas, porque al final es la única que cuenta: ¿qué pinto yo aquí? Pese al matiz artístico que con tan buena intención he aportado a lo que también podríamos formular como "¿qué voy a hacer con mi vida?", la realidad es cruel. Las primeras veces logras huir, luego escapas por los pelos, pero más tarde o más temprano, el misterioso interrogante te adelanta, y no queda más remedio que mirarle a la cara.
    Como muchas otras personas, gatos y perros, al principio me creí capaz de todo: física, matemáticas, idiomas, deporte. ¡JA! Por apabullante que suene, no tardas más que veinte minutos de trabajo en darte cuenta de que no vales, ni de lejos, para la mitad de lo que habías pensado. Es más, es muy probable que no sirvas para nada.
    Pero. (Siempre hay un pero). No desesperes. No, no. No hagas como yo. En verdad, no hay nada de lo que sentirse más orgulloso que del éxito inesperado. Por ejemplo, si tus habilidades en genética son equivalentes a las de un saco de patatas (de patatas frescas, todo sea dicho), pero luego resulta que apruebas un examen, ¡cómo no vas a estar orgulloso de las mil y una horas que has dedicado prepararte! Más que orgulloso, deberías estar eufórico, pletórico, mucho más que al sacar una buena nota en tu asignatura favorita. No pocas veces, conviene centrarse en aquello que no se nos da tan bien para reafirmar la seguridad en uno mismo, para demostrarnos que somos versátiles y luchar contra las barreras que nosotros mismos nos imponemos.
   Segundo pero. Cuidado, con esto no quiero decir que si eres un cerebro en... química, por ejemplo, tengas que concentrarte en aprender japonés, sino que de vez en cuando, sobre todo si tu autoestima no está precisamente por los cielos, puede resultar útil hacer un esfuerzo mayor de lo normal para autoconvencerse de la propia valía (en cuantos más sentidos mejor).
    Volviendo a mi pregunta del principio, ¡hay que ver lo que me gusta irme por las ramas! Y si tengo que sacar alguna conclusión de este terremoto de pensamientos, es que sigo tan confusa como siempre. Dudando hasta de lo que siempre había dado por sentado, y harta de dar por sentado lo que debería dudar. 
   Tercer y último pero, con nota mental incluida. Dentro de todas las preguntas que recorren como relámpagos una mente irresoluta, sólo se esconde una única verdad: Más vale emprender un proyecto que nos fascine realmente, porque si hay algo seguro, son los arrepentimientos. En los momentos malos, siempre vamos a lamentarnos de las decisiones pasadas; así que, al menos, deberíamos disfrutar de lo que en el momento parece un acierto, tarde poco o mucho en convertirse en un error.


Y te comerán los ojos

    Veintisiete años. Ni uno más ni uno menos. Trescientos veinticuatro meses de paredes grises y mugrientas, entre muros y rejas de metal. 118260 días de frustración, soledad y tortura. 2838240 horas sin hablar, sin cantar y sin moverse más allá del patio agrio y gris donde salían a hacer deporte. 170294400 minutos contados uno a uno, cada cual más largo que el anterior. 1021766400 segundos aislado, sin una sola visita. Veintisiete años de sufrimiento y de dolor. Pero no de arrepentimiento, ni de culpa. Valió la pena, ¡vaya si valió la pena! Desde hace veintisiete años, toda su familia vive sumergida en el mayor lujo imaginable, entre cuadros de Picasso, marta cibelina y mansiones francesas. ¿Por qué tendría que arrepentirse? ¿Por haber conseguido que sus hermanos puedan ir a la universidad? ¿Por haber salvado la vida de todos aquellos que le importan? ¡Y qué más da si un estúpido ricachón tuvo que perder a su hijo! Él se quedó con el dinero y con las joyas y con los coches y con todo lo demás. Además, ese niñato merecía morir. Lo estaba pidiendo a gritos cuando no le quiso prestar ni un céntimo de sus sucios millones. Más pobre que las ratas, un desgraciado, eso es lo que había sido antes; pero parece que ahora le ha dado la vuelta a la tortilla.
    Respira hondo y se mira al espejo. No está mal. Más que alguien que lleva casi tres decenas de años encerrado, se da un aire a niño bien, casi a un mimado. Ríe, y su risa suena maliciosa, pero con un toque dulce, a victoria. Puede que haya pasado la época más larga de su vida entre rejas, pero ahora es un héroe. Gracias a él, todo cambió para su familia, y para sus amigos. Y gracias a un mísero soborno que salió mejor de lo esperado, hoy hay una fiesta esperándole a la salida.
   Bueno, o eso espera. La verdad es que en todo este tiempo nunca le han visitado. Solo ha tenido alguna llamada muy de vez en cuando, y siempre se han mostrado distantes con él, como si no quisieran tener nada que ver con un... con alguien así. La idea le enfurece y pega un puñetazo al lavabo de la celda con todas sus fuerzas, que se tambalea ligeramente. Cría cuervos, piensa. Aunque esta vez es él el cuervo, y como buen pajarraco, no va a dejar que le den de lado tan fácilmente. Ni hablar.  Si pudo matar a su mejor amigo por avaro y codicioso, también puede acabar con un par de primos lejanos, como advertencia, digamos. Para que se anden con cuidado con él, que no se pasen de la raya.
    Se anuda la corbata por cuarta vez esa mañana y aguarda pacientemente al hombrecillo de las llaves. Una vez al otro lado de las rejas, marcha con paso decisivo, sin mirar atrás ni una sola vez. Más les vale estar allí, por su propio bien. Si no...
   Pero al llegar a la sala de espera, esta parece estar desierta. Aparte de la administrativa de la entrada y el guarda que le ha conducido hasta allí, no hay nadie más. Ni siquiera ha venido su madre, la única que decía preocuparse por él en sus llamadas. Nada de nada.
   Rojo de rabia, pone un pie en la calle. Veintisiete años más tarde, parecen necesitar un ligero recordatorio de su persona.

lunes, 7 de abril de 2014

Pétalos perdidos

Mucho no dura ninguna tristeza.
Las penas del alma se pueden echar.
Siempre que se lleve puesta la cabeza
No sirve de nada tan solo llorar.

Lección aprendida, mas pronto ignorada
Por todo aquel brujo que quiso triunfar
Engañando niños, doncellas y hadas
Que pronto a alabarle se hicieron sin más

Reflexión que la de un simple precio
Cegador y falto de toda razón.
Es la pena la que te hace necio
Y no el querer de corazón.

¡Oh, niña dulce, ay, rico conde!
Si al menos los ojos pudieras abrir
Y atisbar la dura verdad que se esconde
Detrás de falacias color carmesí.

La noche de las estrellas negras


    Como el traquetear de un tren apresurado por una vía de juguete, Baku ronronea preocupado en su pequeño cojín. Por fin parecen haber acabado las historias de perros y ratones, ya está harto. Que si no me pillas, que si soy más rápido, que si no sabes ladrar... Nunca molesta a nadie, son los demás los que le provocan. ¡Y además Adam siempre les cree a ellos! Basta con que Louis se esconda bajo sus piernas, gimiendo, para que el chico de los Smith mire con reproche al pobre Baku y le deje sin su cena favorita. Después, por muchos maullidos y grititos de dolor que suelte Ana no le hace ni caso; está demasiado entretenida jugando a la pelota con un estúpido que no sabe más que babear y menear el rabo como un chalado.Pero claro, nació perro y fin del asunto. Por mucho que Adam les diga que el para conseguir más comida hay que portarse bien, mejor que las demás mascotas,¡al final es siempre Louis el que se queda con las golosinas!Desde luego, en esta casa la tranquilidad no se aprecia mucho. Miau, ni la tranquilidad ni a él, todo se ha dicho.
    Cojeando por un mordisco del ya decimocuarto labrador de la casa , Baku se aproxima a la trampilla de la puerta principal. Empuja con fuerza y, tras un par de intentos fallidos, logra salir al jardín. Si es que a ese cuchitril con dos matorrales llenos irritantes insectos se le puede llamar jardín, claro está. Suspira a duras penas y llega a la salida hacia la calle. Una vez allí, todo parece más fácil. Todos son iguales, no hay favoritismos ni discriminación alguna; solo cuenta la inteligencia, el ingenio y la fuerza. Sobre todo la fuerza, aunque eso él aún no lo sabe. Con una afilada sonrisa de dientes amarillos y ojos reluciendo con el mismo color, Baku se acerca a un resto de pescado medio podrido y se lo come de golpe. ¡Ja! No ha tenido que pedir permiso a nadie, hace lo que quiere, sin preocuparse por las regañinas o por los castigos de la casa, no le importa el sabor nauseabundo del pescado, más bien le ha sabido a libertad.
    Hace poco se ha hecho amigo de un tal Karl, o Carlos, nunca se ha enterado. Es un tipo muy raro, y no le cae muy bien. Pero esta primera noche tras su huída la pasará en su escondrijo, y al menos le dará conversación. ¡Horror de los horrores! En el ínfimo escondite al lado de los cubos de basura no solo está Karl, sino también otros cien gatos desnutridos que le miran con recelo y se niegan a ofrecerle más comida. Que la busque el, piensan, igual que hemos hecho nosotros. Su nombre impronunciable y su pelaje blanquecino tampoco le sirven de gran ayuda al intentar integrarse en el grupo, así que poco tarda en salir por patas, a la busca de una nueva familia.
   Uff, ¿una nueva familia? Tampoco está convencido de querer volver a las mismas injusticias de siempre. Refunfuña, molesto y helado por la tormenta de nieve que parece haber sido programada a propósito para causarle aún más daño. Si pudiera, lloraría. Sin embargo, antes de que pueda rendirse, algo enorme, muy peludo y oscuro como un cuervo se abalanza sobre él. Baku se resiste, y logra huir a duras penas,  o lo habría logrado, si la rata más gorda que ha visto en su vida no le hubiera mordido en el rabo sin piedad. Chilla de dolor y baja las orejas, agotado. Con una mueca maliciosa, la rata le arrastra por el suelo hasta una especie de fortaleza amurallada, mientras la forma inmunda que le atacó primero (y que ha resultado ser un perro) les sigue alegremente. A la luz de la luna, consigue distinguir una extraña palabra en su collar: Iosif. Para su sorpresa, también la rata tiene nombre, Kim. Será por la serie de dibujos animados que tanto le gusta a Adam. No conoce a ningún otro Kim.
     Una vez dentro del bastión de piedra, Baku cae al suelo, derrotado, y no logra volver a ponerse en pie. Mira al cielo, esperando que las estrellas le consuelen, pero no atisba más que una luna redonda y clara. Nunca le ha gustado la luna. Es demasiado perfecta, símbolo de desesperanza para los gatos como él. Incluso las estrellas parecen haber muerto en esta noche de angustia y desaliento, indicándole que el fin llegará pronto. Y es que, ¿qué va a hacer? No puede saltar el muro, no quiere quedarse dentro, no volverá a casa. No, no, no. Bueno, ¡pero algún sí tiene que encontrar! Tampoco el vagar solitario y sin control por las calles le atrae mucho, parece que sí es necesario que alguien se ocupe de él, y de individuos como Louis o Iosif, desde luego.
    Tras algún tiempo fingiendo estar desmayado, Baku llega a una conclusión. Dentro de esta fortaleza del infierno hay un pozo bastante profundo, o al menos eso parece. ¿Acaso no quería despreocuparse de todo? Pues no hay manera más sencilla que un simple salto, eso está claro. A falta de alegrías en la tierra, tal vez encuentre a Azrael bajo el agua. Ha oído hablar mucho de él, pero aún no le conoce, pero parece ser su única salida. Coge carrerilla con miedo, pero al rebotar en el borde de piedra se siente redimido, y nada más caer, Azrael le encuentra. Con dulces murmullos y una sutil caricia en el pecho, le rescata de sus penas y pesares, para llevarle a un lugar secreto y místico, del que nunca logrará escapar.




El diván

    A veces, solo basta con entornar un poco la puerta para sentirse a salvo. No hace falta que esté completamente cerrada, claro que no. Es más, si lo estuviera, los curiosos no podrían resistirse a entreabrirla disimuladamente para inmiscuirse en los secretos que alberga. Por suerte sigue un pelín abierta; lo justo y necesario para pasar desapercibido. ¿Quién querría entrar en una habitación a la vista de todos? ¡Como si eso tuviera algún misterio! No, no, a la gente no le interesa lo visible, sino lo escondido, lo que resulta difícil de hayar.
    Vivi lo sabía. Prácticamente nació conocedora del secreto de las puertas, guardianas de secretos, muebles y habitaciones. Puede que ella no tuviera muebles, ni habitaciones (ni nada de mucho valor, para el caso), pero sí conservaba secretos. Decenas, cientos, miles. Envolvía cada rumor, cada mensaje, cada susurro en papel de regalo, y lo guardaba junto al resto de su colección. Si había alguien en el mundo que lo supiera todo, esa era Vivi. ¡Quién lo iba imaginar! Una chica completamente normal, ni un pelo por encima de la media. Sí, sí, era mediocre en todos los sentidos. ¿O es eso lo que quería hacer creer? Dudo que nadie fuera consciente de su presencia en el colegio, o en el instituto o más tarde en la universidad o en la zapatería en la que trabajaba. Su mayor virtud era pasar desapercibida, caminando silenciosa como un gato por las calles, sin salirse ni un milímetro de la rutina, más que cuando decidía ir a la caza de más secretos para su extensa recopilación.
     Nadie, por aquí, nadie por allá, Vivi vuelve por donde ha venido. Dos jóvenes charlando sobre amor y dos viejas criticando a una tercera, Vivi se sienta entre las dos parejas, oídos afilados y memoria prodigiosa, lista para absorber cualquier confidencia pronunciada, y guardarla bien guardada en su cajón.
      Ahora bien, ¿para qué lo hacía? ¿Acaso ganaba algo con esta información? Pues claro que no, no, no, no. Pensar eso habría sido un atentado contra su filosofía, contra su mentalidad de vida. Vivi solo quería saber. Quería saberlo todo, claro está, y derretirse luego a solas entre todos sus secretos, sin que nadie más pudiera infiltrarse en su cabeza. Así era feliz. No necesitaba delicias, lujo o amistades, sino rumores y enigmas por descubrir. Era el hecho de que nadie más que ella conociera sus acertijos lo que más alegría le aportaba, y el sentirse en la obligación de cuidar de lo desconocido lo que le hacía sentirse valiosa y útil en un mundo del que desconfiaba plenamente.
     Así llevaba años, decenas de años, meses y días. Y así seguiría hasta que alguien le arrebatara sus secretos, sus joyas y maravillas. Hasta entonces, Vivi permanecería entreabierta. Corriente, común y sencilla. Sin nada que ocultar.



domingo, 6 de abril de 2014

Del viento

Se escucha un murmullo vestido de pena.
Nada embruja este hechizo del mago de Azul,
Sino lágrimas, muertes, sonrisas caídas,
De aquel valle exiliado de pálida luz.

Ya no vemos más luna, ya no vemos más sol.
Solo hallamos un sueño en la triste locura
Del reloj que se para en la hora en que el viento
Luchó contra un río en forzosa aventura.

A su paso embellece cualquiera desgracia,
Liberando a sus dueños de tanto dolor
Que les causa la huída de un toda la magia

Que en cierto lugar a la cima llegó.
Cantan todos, ajenos a un mundo en que el llanto
Aniquila y desgarra cualquier ilusión.

¿Y si no lo fuera?

       Una pálida luz azulada recorre la pared impoluta. Sube, baja, derecha, izquierda. Poco a poco, el que fue un pequeño círculo brillante cubre toda la estancia, ahora todo es azul. Cegados, tratan de entreabrir los ojos poco a poco, delicadamente; pero las lágrimas ni avisan ni tardan en fundirse con el foco que todo lo encubre. Entre gemidos, y llantos silenciosos, logran acercarse a la única puerta, sin pomo, sin color y sin salida a ningún sitio. Al otro lado solo hay vacío. Confusos, golpean el cemento de las paredes, el metal del blindaje y la madera casi podrida del que un día fue portón. 
    Veinte respiraciones más tarde, no les quedan fuerzas, ni tiempo para pensar. La luz ha dejado de ser clara para convertirse en intensidad y en pureza y en dolor. Nunca han intercambiado palabra, y ahora no tiene por qué ser una excepción, así que, sin más vacilación, deciden fundirse en el reflejo de lo etéreo, que les cubre de pies a cabeza y absorbe lentamente su libertad. Atados como están, miran a su alrededor, buscando cualquier destello que les indique esperanza o desilusión, alegría o tristeza. Ya no les importa el qué, solo quieren sentir algo, da igual lo que sea. Ahora mismo, todo es tan insolentemente frío que no existe mayor diferencia entre dentro y fuera que la invasiva claridad azul de la que ya forman parte. Lejos de malestar o rabia, solo notan prisa por fundirse por completo con este perverso ocaso atemporal.
     Sin embargo, todos sabemos que esto es imposible. ¿Cómo no íbamos a saberlo? Pobres ingenuos en la habitación azul, pobres desgraciados.
      

viernes, 17 de enero de 2014

Los tres ingredientes

   No son pocas las veces en las que es necesario establecer una clasificación, por clasista y cruel que suene, de personas. Siendo realistas, desde los primeros años de nuestra vida estamos sometidos a una constante competición por ver quién consigue la nota más alta, quién es capaz de correr más rápido, o quién tiene a más chicos o chicas detrás suyo. Por duro que sea sobrellevar toda esta presión, sobre todo para los más pequeños, es cierto que el sistema social que rige nuestras vidas tiene exactamente esa forma, la de un concurso. Por ello es, como mínimo comprensible, y tal vez incluso aceptable que nos hayan educado, en gran medida, para destacar.
    Obviamente, la mayoría de la gente tiene o un único, o escasos, puntos fuertes, que pueden ir desde el deporte hasta la literatura o la física, pasando por todo lo que hay por medio. O bien puede que simplemente haya algo que se le de especialmente bien y lo disfrute al máximo. Partiendo de la base de que todo el mundo posee ese algo, esa cantidad medida de talento repartida de una u otra manera, sigue la pregunta de por qué no nos dedicamos en exclusiva a ese vértice, sino que en la mayor parte de los casos intentamos rellenar al máximo todos los aspectos posibles de nuestra vida.
    Sin embargo, en un primer momento parecería lógico que cada persona sólo se ocupara de su mayor virtud, dejando de lado lo demás. Desde un punto de vista político y económico, esta dedicación exclusiva contribuiría enormemente al desarrollo de un país, ¿no?
     Pues no. Señores, antes de nada hay que dejar claro que este último párrafo parece sacado de una dictadura extrema que solo piensa en utilizar a sus habitantes para enriquecer a los pocos que están al mando, ignorando las verdaderas necesidades de la población. Y es que un país es, prioritariamente, eso: su población. No podemos olvidar la geografía, ni la riqueza, ni la economía ni muchos otros sectores, claro está. Pero son la satisfacción personal de las personas que lo forman y su bienestar los que contribuyen al desarrollo de la "nación", en todos los ámbitos. Sin habitantes sanos y contentos, es simplemente imposible que un país pueda calificarse como próspero.
     Es ciertamente difícil combinar esta satisfacción o plenitud propia con una consagración única a cierto aspecto. Simplificando, si dividiéramos el concepto de la vida en tres partes, dejando a un lado las finanzas, podríamos partirlo en aspecto social (familia y amigos), académico (resultados convenientes, empleo deseado, intereses culturales como música, literatura, deporte...) y físico (salud, apariencia y sobre todo aceptación de la misma). Para que una persona sea completa o tenga una "runde Persönlichkeit" (personalidad redonda), como explicó el famoso Goethe en varias de sus obras, debería al menos conseguir una parte relativamente grande de los tres ingredientes de la receta. No vale con sacar una matrícula de honor y dos suspensos, más bien habría que mantenerse por encima del notable en todos ellos. Claramente, cada uno tiene la libertad de tomar sus propias decisiones y evaluar con detenimiento cuáles son sus prioridades, pero merece la pena contemplar la vida como una combinación de factores aditivos cuya suma es equivalente a nuestra felicidad.
     Y es esa deseada felicidad la que hace a un estado rico y próspero por activa y por pasiva, pues manteniendo a la población satisfecha de sí misma, entre todos lograrán forjar los motivos necesarios para estar satisfechos de la comunidad.

       

sábado, 4 de enero de 2014

La chispa perdida

    Poco a poco, el día D se acerca. Cada vez faltan menos horas para que las ilusiones y esperanzas que los más pequeños de cada familia llevan meses albergando se hagan realidad. Basta con salir a la calle y observar sus sonrisas de oreja a oreja para que nos contagien de esa inmensa alegría que no busca más razones que el sueño mismo. ¿Por qué? En verdad, la pregunta no es por qué ellos son capaces de ilusionarse de manera tan abrumadora, sino por qué a la mayoría de los que ya cuentan unas pocas primaveras más les resulta tan difícil hacerlo. 
    No hay nada más triste que una vida sin emoción, sin esperanza de que ocurra algo especial. Deberíamos ser capaces de admirar cada momento de nuestras vidas, pues si nos detenemos a contemplarlas nos daremos cuenta de lo maravillosas que son. Independientemente de los problemas que tengamos (dudo que sean pocos), las delicias del día a día los sobrepasan enormemente. Solo es necesario un amanecer mágico, el perfume de una rosa o un rico desayuno para recordarnos lo afortunados que somos de vivir, y si además podemos compartir nuestra "insignificante existencia" con nuestra media naranja o nuestro medio limón (no hay que ser tiquismiquis) estamos hablando de un sueño hecho realidad.
    Y es que necesitamos apreciar estos ínfimos placeres (los famosos "petits plaisirs de la vie" que tanto disfrutaba Amélie en la famosísima película francesa) para ser verdaderamente felices, o, aceptando que ese estado de satisfacción total no existe, al menos poder sonreír con sinceridad la mayor parte del tiempo. Necesitamos reír ante el espejo, ignorar a los que nos odian y aprender de sus críticas y amar cada detalle de nuestro día a día, intentando a la vez mejorar tanto el nuestro como el de los demás. Necesitamos reencontrar a nuestro niño perdido y dejarle darnos un par de lecciones sobre los apuntes que perdimos en el último trimestre. Necesitamos entender a Peter Pan.
   ¡Felices Reyes!


     

martes, 24 de diciembre de 2013

Historia de un Reino

    Había una vez un príncipe muy grande con una cabeza muy pequeña que vivía en un castillo muy normal.
    Todas las mañanas, al levantarse, se daba con el techo en la cabeza, y los gemidos de dolor que salían de su garganta ya funcionaban como despertador entre sus súbditos. Refunfuñando, se levantaba, con mucho cuidado de no golpearse más; pero como acababa de despertar aún estaba adormilado y no podía evitar lastimarse con todas las puertas que encontraba a su paso. A cada zancada, sus gruñidos se hacían más fuertes, ¡no dejaba dormir a nadie! Molestos, sus criados se resignaban a aguantar sus aullidos, conscientes de que no podrían descansar más.
   Cuando, más tarde, llegaba la hora de levantarse en el castillo, el enorme príncipe ya llevaba mucho rato dando vueltas en los pequeños salones, chocando con todo lo que encontraba en su camino y gimiendo de dolor y de rabia con cada golpe. Era muy molesto, eso seguro, pero también era un príncipe, pensaban los que le rodeaban. "Tenemos que respetarlo", murmuraban fastidiados cuando el príncipe pasaba a su lado, haciendo ruido y destrozándolo todo a su paso. Pero más que respeto, lo que sentían hacia el príncipe era miedo. Sí, sí, el más profundo pavor que podían sufrir ante nadie: no solo era todopoderoso en la región y podía ordenar torturas, ejecuciones y cualquier cosa que se le antojara sin restricción; sino que además su imponente tamaño y sus malos humos podrían asustar hasta al más valiente de los leones.
    Por eso callaban siempre, guardándose las réplicas para sí. Solo los más valientes se atrevían a comentar su malestar con el resto de los súbditos, ¡y no pocas veces había caído alguien al escuchar un espía la más mínima queja contra el monarca!
    Por suerte para el príncipe, fuera del palacio no se sabía nada de sus métodos. Sus cómplices les contaban a las gentes del reino que el soberano solo vivía para protegerles contra una bestia, malvada y feroz, que nadie jamás había visto. Los pobres ciudadanos que vivían fuera del alcance del príncipe eran los más incultos y los que menos conocimientos tenían: no habían estudiado, habitaban en la miseria y comían lo que encontraban en los alrededores del castillo. Los mandatarios, pues así eran conocidos en las calles los encargados de ejercer la voluntad principal, seleccionaban a los más inteligentes y les llevaban a palacio, bajo la promesa de una vida de riquezas, cerca de su amado señor. La mayoría aceptaban, ¿cómo no iban a hacerlo? Pero no volvían a ver jamás a sus familias, no se les permitía salir del castillo. Para ser fieles a la verdad, tenemos que admitir que los residentes de la fortaleza sí llevaban una vida mejor que sus necesitados compañeros; sin embargo el verdadero objetivo de los mandatarios al trasladarles no era aprovechar su intelecto para mejorar la vida de los demás, ¡claro que no! ¡Lo que hacían era atontarles, robarles todo rastro de ingenio para impedir que se tornaran contra el príncipe!
    Y, a decir verdad, funcionaba. Nadie jamás se había rebelado, a nadie parecía molestarle la tiranía a la que vivían sometidos; se quejaban en silencio, ¡ay del que no fuera lo bastante discreto para sobrevivir! Solo en el palacio se oía hablar de conspiraciones contra el soberano, y la mayoría solo eran rumores que se inventaban los espías para descubrir posibles rebeldes y eliminarlos. Fuera de la residencia real, se adoraba al príncipe como a un dios. Las gentes lo consideraban su salvador, su protector contra el enemigo, su amado patrón. En las sucias callejuelas de las ciudades, los caricaturistas retrataban al príncipe en toda su grandeza, los músicos le dedicaban canciones aduladores y los comerciantes besaban las monedas que llevaban acuñado su rostro.
    Aunque nunca lo había visto, pues el jerarca no solía salir de su palacio, donde se reunía con sus encargados, comía, bebía y se reía de todo el que podía; la población se encontraba en un estado de trance amoroso por su soberano que ya se mantenía durante siglos. Mientras que el resto de estados del mundo conocido habían realizado numerosos avances técnicos, sociales, culturales y se habían deshecho de figuras equivalentes al príncipe de nuestro reino; en esta comarca hacía ya más de mil años que nada cambiaba. Ni la pobreza, ni el hambre, ni las injusticias ni el totalitarismo se habían modificado ni un ápice. Pero como nadie sabía nada de lo que ocurría al otro lado de las fronteras, ¿qué iban a hacer? ¿Esperar algo mejor? ¿Y qué podía ser mejor que honrar y servir eternamente al más honroso señor jamás habido? Nada, por supuesto.
   Pese a todo, un buen día, un pequeño chico de apenas trece años, recién llegado a palacio, se tropezó. Sí, sí ¡se tropezó! El pobre no podía atarse el zapato izquierdo y, al agacharse, resbaló en el reluciente suelo y acabó rodando a los pies del monarca. Todos a su alrededor se quedaron boquiabiertos de espanto, cómo se atrevía un renacuajo así a caerse delante del príncipe. Esperando lo peor, muchos tornaron la vista, pues ya habían visto (y sufrido) demasiadas torturas a lo largo de su vida. Pero al pobre muchacho, inconsciente de lo que era capaz su alteza, ya que solo conocía las historias que se contaban en las calles sobre su magnificencia y piedad, se agarró a los ropajes del monarca para ponerse en pie y murmuró un claro "lo siento", con una amplia sonrisa en su cara.
   Pero esta mueca no le duró mucho tiempo. Al tirar de la túnica del príncipe, a este se le había caído casi entera y, lejos del cuerpo inmenso que todo el mundo esperaba ver, aparecieron cuatro enanos, uno encima del otro, que perdieron el equilibrio rápidamente y cayeron al suelo de oro de la sala, causando un gran estrépito.
    Estupefactos, los súbditos palaciegos se acercaron poco a poco a esos extraños seres que durante tanto tiempo habían confundido por un colosal soberano, y, todos a la vez, se dieron cuenta del engaño del que habían sido víctimas. Curados como por arte de magia de su dañina ceguera, llevaron entre todos a los enanos a las mazmorras y corrieron por las ciudades a contar la verdad a sus habitantes. Se descubrieron los espías, los crueles mandatarios fueron expulsados y se eligió un nuevo monarca de entre los más preparados, que dedicó sus esfuerzos a mejorar el estado de su población y fomentar la educación, angustiado por la idea de que algo tan horrible como lo ocurrido con los enanos volviera a suceder. Al cabo de los años, hasta los más pobres y con menos acceso a la rica cultura del país eran capaces de juzgar por su cuenta si querían apoyar unas propuestas u otras, reafirmando sus derechos con cada paso que daban hacia el progreso.
    Lo hicieron tan bien, que ahora nadie se puede creer que un engaño tan espantoso llegara nunca a ocurrir y toman esta historia por cuento chino, ciegos de nuevo a las mentiras que les rodean.


jueves, 5 de diciembre de 2013

Trance

   ¿Por qué?
   Pues porque sí, como si alguien se molestara en buscar alguna solución, alguna razón, algún simple motivo para hacer algo.
   Así que sigo, haciendo lo mismo que hago todos los días, Sin pensar, sin llegar a nada. Porque sí.
Me levanto a duras penas, evitando pensar en ella. Me ducho, bajo a desayunar y la veo en todas partes. Está en el espejo, a mi lado, en el armario, en la silla cubierta de ropa, tumbada en la cama, esperándome en la cocina. Cierro los ojos para evitar su recuerdo, pero descubro que también está dentro de mí, en cada recoveco de mi ser. No consigo escapar.
   Dejo salir un suspiro de frustración que acaba en un doloroso grito y pego un puñetazo con todas mis fuerzas a la mesa, lo que solo me causa aún más dolor, si es que eso es posible. Las primeras lágrimas del día se deslizan veloces por mis mejillas y caen en lo que iba a ser mi desayuno. Pero no tengo hambre. Ni sed. Ni siquiera sueño, ya no.
    Al principio podía, es cierto. Las primeras semanas bastaba con comer todo lo que encontraba, beber hasta vomitar a todas horas y pasar el resto del día dormido, aislado del mundo y de sus gentes, tan estúpidas y simples. Nadie fue capaz de entender lo que sentía, nadie fue capaz de ayudarme.
    Ahora ya no tengo remedio, lo admito. Hago lo que debo hacer, sin dedicarle mucho tiempo a nada en particular, mas que a llorar y llorar todavía más. No entiendo nada, no comprendo por qué te fuiste, cómo me pudiste dejar. Perdí la fe en todo en lo que llegué a creer y ahora camino como un muerto por mis días, intentando acercarme a ti y a la vez alejarme de tu fantasma, que no me deja en paz y me persigue hasta en los sueños más felices, arruinando cada recuerdo.
   Ya no sé si vivo, si he fallecido y si esto solo es un trance; un puente para alcanzarte una vez más. Solo sé que si este infierno es vida, con cada paso que doy estoy más cerca de la muerte. De la suave y dulce muerte. 
   De ti.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Te veo a ti

   -Te veo a ti
   Corría, saltaba, volaba por las calles de la ciudad gris. Quería huir de la fealdad de los edificios, de la tristeza de la gente y de esas cuatro palabras. Pero, por muy rápido que fuera, éstas me perseguían y me acorralaban, dejándome sin escapatoria. Se ensañaban conmigo, me torturaban y se reían de mi desesperación. Solo podía salir corriendo una vez más, intentando sin éxito refugiarme en el pasado. Aunque me esforzara por dejar atrás la verdad y volver a mis dulces memorias, incluso éstas habían cambiado y ya no eran tan felices como antes. Antes.
    Antes solo tenía que esconderme en sus brazos. Antes él me protegía de cualquier problema. Antes... Hablábamos, reíamos, nos queríamos, pero no lo suficiente. Debí haberle mostrado más cariño, haberle contado todos mis secretos y haber pasado más tiempo a su lado. No sabía que nuestro amor era caduco y nos quedaban poco por disfrutar.
    ¿Por qué no le respondí?
     Aquella tarde fue única, en su coche recién estrenado, abrazados y apartados del mundo exterior; como si el vehículo fuera una burbuja en la que solo importábamos nosotros, nuestros besos y nuestras caricias. Recuerdo que respiré profundamente y, al ver la foto que había colgado en el retrovisor, en la que salíamos nosotros dos sumergidos en un beso eternamente dulce e infinito, fui inmensamente feliz. Nadie podía sacarme de este sueño.
    - ¿Piensas en el futuro?
     Se me quedó mirando  largo rato, intentando descifrar mi pregunta, que en realidad no tenía nada de complejo. Me encantaba eso de él, que siempre le buscara los tres pies al gato, sin dejarse llevar por primeras impresiones.
    - ¿Y tú?
      Puse los ojos en blanco y le di un codazo cariñoso, picada.
    - Lo digo en serio.
    -Supongo que sí- murmuró, algo confuso, porque ya se imaginaba adonde quería yo llegar.
    - ¿Y qué ves?
   Me quedé expectante. Llevaba bastantes días deseando preguntarle eso. Ya en verano había decidido que quería pasar el resto de mi vida con él. Era mi príncipe azul y nos amábamos con locura. No había nada que pudiera arruinar un futuro juntos.
    Suavemente, se inclinó hasta mi oído y me susurro con voz dulce:
    - Te veo a ti.
   Sin poder contener más mi alegría, le besé con todas mis fuerzas, y el me respondió con aún más pasión; apretándome contra sí como nunca lo había hecho, uniéndonos el uno con el otro en una fusión perfecta.
    Divertida, salí del coche riendo, ignorando los "¿Y tu?", que gritaba desde el volante, molesto por mi repentina huída. Sin hacerle caso, volví a mi casa y me quedé hasta las tantas bailando en mi habitación con los auriculares puestos.
     Las siguientes semanas fueron un cuento de hadas; pasé cada minuto libre con él; mirándonos, ronroneando sin preocupaciones. Pensé que éste era el principio de una maravilla eterna, que nunca nos separaríamos.
    Hasta el tercer martes por la tarde, todo fue idílico: su mirada embriagadora, sus dientes separados, sus brazos fuertes, su voz deliciosa, sus complicadas adivinanzas, sus chistes ridículos... todo. No podía ser más feliz. Llegué a casa del colegio, sonriendo abiertamente y arrojé la mochila a la cama despreocupada. Me tumbé en la alfombra, cerrando los ojos y saboreando el calor que desprendía el nuevo radiador. Toc toc. Tenemos que hablar contigo. Toc toc. Pasad. 
   Y entonces lo supe. Como un hacha, la noticia me atravesó lentamente, retorciéndose dentro de mí. No quería creerlo. ¡No podía creerlo! No era verdad. No, no, no. Chillé, lloré, pataleé e intenté deshacerme de todas las formas posibles del abrazo reconfortante de mi padre. Sollocé, una y otra voz, gritando su nombre en un sonido gutural, deseando que me escuchara, que estuviera allí para ayudarme. Mi madre lloraba también, mirándome aterrorizada desde la cama. Pero ya todo daba igual.
    Ya no era yo. Cambié totalmente, olvidando que antes había sentido amor hacia otra persona, me convertí en un zombie. Solo pensaba en él, en lo que le echaba de menos, en lo que le había querido. Lloré cada noche y cada día, incapaz de concentrarme en ninguna otra cosa. No quería escapar, me merecía este suplicio. Debería haberle amado más, haberle besado más, haberle querido más... cuando podía.
    Pero por mucho que le echara de menos, no podía verle. No podía llegar hasta él. Era imposible acercarme a donde estaba ahora, por mucho que lo intentara. Tenía tanto que decir, tanto que cantar y escribir; pero no lo conseguía. Lo más doloroso era pensar que habíamos estado tan cerca de tener un futuro juntos, felices... y una curva de carretera mal señalizada nos lo había arrebatado de las manos.
      Ya ni siquiera podía refugiarme en el coche, que había quedado aún más destrozado que yo. Así que un día, sin pensarlo dos veces salí corriendo de casa y no paré hasta alcanzar el lugar donde habían enterrado su tumba. Entre respiraciones entrecortadas y sollozos de angustia me arrodillé y, por primera vez en mucho tiempo, abrí totalmente los ojos. Miré al rededor, y de nuevo fijamente a la lápida que tanto había odiado.
    -Te vi a ti.
     Me sentí liberada, y poco a poco, mi ansiedad se fue transformando en un llanto de alivio. Las lágrimas caían veloces por mis mejillas, y la pena se iba separando de mí. Me fui deshaciendo del dolor que albergaban mis entrañas, estaba más ligera, más joven, lista para vivir de nuevo. Siempre junto a él. Pero ahora sería él, su memoria la que me seguiría a donde fuera, y no yo la que se aferrara a su recuerdo como los niños a sus madres.
    Lentamente, me levanté y volví por donde había venido. Segura, libre y sin mirar atrás.